lunes, 30 de enero de 2012

LA ILÍADA DE ALESSANDRO BARICCO

El gusto por la lectura, factor determinante en mi vida, ha dado lugar a situaciones tan especiales como aquella en el bachillerato, cuando un profesor me pidió que leyera en voz alta para mis compañeras de curso Antígona de Jean Anouilh.
Anouilh no escribió Antígona con la intención de que se leyese de esa manera. Sin embargo, Alessandro Baricco sí que pensó que una forma de hacer la Ilíada más asequible a personas tan ocupadas como las actuales o poco aficionadas a la lectura, podría consistir en reescribirla y que fuera leída ante un determinado auditorio.
Tal vez algunos piensen que obras tan especiales como la Ilíada no deben ser reescritas: “No la toquéis ya más…”, pero Baricco realiza sus modificaciones con el mismo amor y primor que, para facilitar su uso, pondría el más experto orfebre en la modificación de una joya de valor incalculable. Veamos esas modificaciones:
-Los veintiún personajes del poema homérico que elige como protagonistas: Héctor, Ulises, Aquiles, Agamenón, Príamo, etc., se expresan en primera persona. Además, son dueños de su propio destino. Aun sabiendo que encontrarán la muerte al tomar una opción determinada, el caso de Aquiles, deciden libremente. Así que los dioses en la reescritura de Baricco no tienen función alguna.
-El escritor italiano suprime arcaísmos y simplifica el texto, pero encuentra la música que en él subyace. Podría decirse que la música continúa presente, transformada en nuestra propia música.
-Las simplificaciones en el texto dotan a éste de un ritmo más rápido, sin perder por ello grandeza épica e intensidad dramática.
-Alessandro Baricco se permite introducir adicciones, lo hace en cursiva con objeto de “redondear” las reflexiones o disertaciones de los protagonistas al dirigirse al público que escucha.
Finalmente, es muy interesante la apostilla sobre la guerra que el autor coloca al final del libro. En pocas líneas compara las guerras antiguas recogidas en la Ilíada y poemas épicos similares con las actuales y analiza las motivaciones de los hombres que participaban y participan en ellas.
Las guerras antiguas, en concreto la guerra narrada por Homero, poseía belleza porque estaba asentada sobre valores universales: el honor, la amistad, el respeto a unas normas, la compasión por los vencidos, la trascendencia espiritual más allá de la muerte… La necesidad de encontrar y mostrar la belleza se ve en la forma en la que se describen las batallas, las armas, la trágica condición de la existencia heroica… Tan contrario todo al modo de contar y de vivir las guerras en la civilización posmoderna.
Frente a la belleza de la guerra, el ferviente deseo de paz simbolizado y manifestado en y por los personajes femeninos: Hécuba, Helena, Andrómaca…; cada una a su manera intentan que la guerra termine, desean disfrutar de los hermosos dones de la paz. Incluso, el mismo Aquiles se resiste a la lucha, sabe que en ella encontrará la muerte y él ama sobre todo la vida.
Esa reflexión a cerca de la belleza que la guerra tenía para los antiguos, lleva a Baricco a compartir con todos nosotros el deseo de encontrar otra belleza, otras bellezas. Afirma que puede parecer quizá una empresa utópica que presupone una vertiginosa confianza en el hombre. Pero se pregunta, creo que esperanzado, si alguna vez la humanidad se adentró tanto como hoy en el sendero que conduce a esa belleza, mucho más cegadora que la que muestra Aquiles e infinitamente más apacible.

domingo, 22 de enero de 2012

BARRIO CERO

De Javier Reverte sólo he leído un libro, Corazón de Ulises, y me gustó tanto, que lo he convertido en objeto de consejo habitual para mis amigos lectores.
Así que al comenzar Barrio Cero, obra de este autor por la que obtuvo el Premio de novela Fernando Lara 2010, pensé hallar en ella excelencias que me ayudasen a considerarla aconsejable. No ha sido así y lo lamento, porque está escrita con agilidad y toca cuestiones desgraciadamente muy actuales: maltrato de la mujer a manos del marido, drogas, Ley del Talión ante la inoperancia de la justicia, medios de comunicación sensacionalistas y manipuladores, inmigración que origina focos de marginalidad, etc.
Según parece, Javier Reverte se inspiró al escribir el libro en un caso real: el de la madre que mató al violador de su hija cuando éste salió de la cárcel.
En la novela, la protagonista también es mujer, se llama Paquita Romero y vive en un barrio en el que se hacinan inmigrantes de las más variadas procedencias: rumanos, magrebíes, subsaharianos, chinos…
Paquita, hija de un maltratador, forma su propia familia y ve repetido el esquema de maltrato, al igual que otras muchas mujeres del lugar en el que reside. Tras años de palizas y humillaciones, muerto el marido y creyéndose ya liberada, descubre que su hijo adolescente se ha enganchado a la heroína. Después de una serie de intentos fallidos para que supere la adicción, considera que sólo podrá salvar al chico matando al que le vende la droga. Así lo hace y, de inmediato, consciente de haber delinquido, se entrega a la policía. Es en ese momento en el que Paquita, “Mamá Romero”, empieza a contarnos su historia.
Tal vez el hecho de tocar tantos temas, (bastantes más de los citados), provoca que el autor no profundice en ninguno.
Por otro lado, tampoco nos descubre nada nuevo; el relato está lleno de tópicos: el plató de televisión y sus personajes estereotipados, el cura “Kiko”, las feministas, los políticos que buscan la foto, la reacción de los vecinos de Paquita, ¡hasta el hijo que se llama Jonathan!
En fin, si hay que buscar un valor a la novela, el valor residiría en que es corta y fácil de leer; y que, quizá, aquellas personas con pocos hábitos de lectura y mucha afición a los culebrones y a la crónica negra la pueden encontrar apasionante.

lunes, 16 de enero de 2012

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER

Cuando alguien, pese a las campañas edulcoradas de publicidad, pretende que hablemos de Colombia, enseguida se nos viene a la mente el narcotráfico, Pablo Escobar, el miedo, los secuestros, los sicarios… Muchos autores colombianos han escrito sobre ello: Laura Restrepo, Fernando VallejoJuan Gabriel Vásquez, autor colombiano residente en Barcelona, lo hace en un libro, El ruido de las cosas al caer, que, por su excelencia, le valió la obtención del Premio Alfaguara de Novela 2011.
Al contrario que las obras que he leído de sus compatriotas, Juan Gabriel Vásquez no se centra en la suya en el narcotráfico en sí. El protagonista, Antonio Yammara, joven abogado y profesor universitario en Bogotá, cuenta la historia en primera persona, cuando ya la terrible plaga que asoló su país y provocó miles de muertos parece ir quedando poco a poco atrás. Así que el abogado y profesor lleva una vida confortable, en la que no se plantea más hazañas que dar clase y pasarlo bien.
Ésa es la diferencia que encuentro respecto a otros relatos, podríamos decir que de tono épico, desgarrado o de denuncia. Antonio Yammara es una persona corriente que aspira a seguir siéndolo, en compañía de una alumna a la que ha dejado embarazada y de la hijita que están a punto de tener.
Pero las secuelas del tiempo de terror que vivió Colombia se hallan también en él y todo aflora a raíz del asesinato de Ricardo Laverde, un hombre de mediana edad al que Antonio conoció en un billar y con el que acostumbraba a jugar algunas partidas de vez en cuando. El pasado de Ricardo es oscuro, se dice que estuvo en la cárcel, pero sin detallar los motivos del encierro; ahora espera a su mujer, a la que no ha visto en muchos años y está próxima a volver de Estados Unidos.
La muerte de Ricardo Laverde afecta de lleno a Antonio Yammara y le impulsa a investigar la biografía del asesinado, en busca de un remedio para sus propios miedos.
Porque ése es otro aspecto que creo trata certeramente el libro: el miedo. Un miedo que puede parecer exagerado o, incluso, irracional y que, sin embargo, teniendo en cuenta el terror vivido durante años por los colombianos, resulta lógica su presencia, de manera directa o agazapado en el subconsciente, en personas alejadas en apariencia del foco que infectó a la nación, como el protagonista del libro El ruido de las cosas al caer, tan bien escrito por Juan Gabriel Vásquez.

lunes, 9 de enero de 2012

HABLDLES DE BATALLAS, DE REYES Y DE ELEFANTES

Hablando con un amigo escultor sobre la obra que hoy traigo a esta página, me contó que, mientras preparaba su tesis doctoral, en la que Miguel Ángel Buonarroti desempeña un papel importante, se le ocurrió una idea parecida a la que desarrolla el libro. En concreto, la visita del genio renacentista a la Granada islámica y lo que supondría ese viaje en su proceso personal de creación.
Y es que Mathias Enard, un autor francés que habla árabe y persa y ha vivido largo tiempo en Oriente Medio, narra en Habladles de batallas, de reyes y de elefantes, partiendo de un hecho real, el encuentro de Miguel Ángel Buonarroti y el mundo islámico, aunque no en Granada, sino en Estambul.
Aun así, Granada está presente en la historia, gracias a una misteriosa bailarina que procede de dicha ciudad. La bailarina impresiona al artista con su sensual danza y, a la vez, reflexiona de manera poética sobre el hombre, la existencia y la pérdida del reino lejano y añorado.
Resumiendo, porque el libro es corto y debe ser el lector quien descubra por sí mismo la riqueza de su contenido: Corría el año 1506. Miguel Ángel, cansado de los desplantes del Papa Julio II que la da largas en la construcción de la tumba iniciada y no le paga el dinero prometido, huye de Roma y se refugia en Florencia. Allí recibe la visita de unos monjes que le entregan una carta de parte del sultán otomano Beyazid, ofreciéndole el proyecto, en el que Leonardo ha fracasado, de construir un puente sobre el Cuerno de Oro.
La llegada de Miguel Ángel a Constantinopla, la descripción que nos hace de la antigua Bizancio, el contacto que mantiene con la populosa y espléndida urbe hasta encontrar en su imaginación el puente adecuado; la manera que tiene el escultor de sentir, de ser y de relacionarse, ya de por sí ocuparían un libro.
Sin embargo, el autor no se limita a relatarnos eso. Junto a la bailarina antes citada, da vida a diversos personajes, históricos o no, que, pagina tras página, nos adentran en un mundo abigarrado y colorista, lleno de sensaciones sensoriales que recuerdan los cuentos de Las mil y una noches y demuestran hasta qué punto Mathias Enard ha sabido captar y transmitir el alma de una civilización, otrora fascinante, ahora en declive.

martes, 3 de enero de 2012

D. VILLAR y T. DE ROSNAY




Ante los fúnebres presagios que nos transmiten algunos medios, en relación con el año recién comenzado, he decidido aprovechar eficazmente el tiempo. Para mí una de las mejores formas de aprovecharlo es la lectura. Así que doy entrada al año 2012 comentando no un libro, sino dos.
Primero una novela policiaca, Ojos de agua, del escritor gallego Domingo Villar. Segundo, otra novela, aunque no policiaca, La casa que amé, de la escritora francesa Tatiana de Rosnay.
Con Ojos de agua, Domingo Villar inicia un ciclo novelístico protagonizado por el inspector de policía Leo Caldas, un hombre solitario y nocturno que en esta ocasión deberá investigar, junto con su ayudante, Rafael Estévez, forzudo e impulsivo aragonés que se desenvuelve mal entre gallegos, el cruel y sádico asesinato del joven saxofonista Luis Reigosa.
La acción de la novela se desarrolla en Galicia, concretamente en Vigo, así que las alusiones a la ciudad son continuas. Destaca, como en casi todos los relatos pertenecientes a este género, el gusto del protagonista por la buena mesa, con las consiguientes descripciones de alimentos típicos, vinos y restaurantes.
El problema con el que me enfrento a la hora de opinar sobre novelas policiacas es que he leído muchas. Por lo tanto, resulta difícil no hacer comparaciones; y en la comparación con obras maestras del género, Ojos de agua no sale demasiado bien parada. Quizá por el hecho de que es la primera de una serie, quedan excesivos “cabos sueltos”, cuesta encontrar el ritmo de la trama y el final resulta algo precipitado. Seguro que en próximas entregas el autor irá perfeccionando su técnica. La práctica hace maestros.
En La casa que amé, Tatiana de Rosnay nos cuenta, a través de las cartas que Rose, viuda de Armand Bazelet desde hace 10 años, escribe a su marido, la radical reforma urbanística realizada en París a mediados del siglo XIX, bajo el mandato del barón Haussmann, prefecto de la capital de Francia, con el beneplácito de Napoleón III; y cómo influye dicha reforma en los habitantes de las barriadas que han de transformarse.
Rose es una dama burguesa de 58 años y se expresa en las cartas con elegancia y delicadeza. Mediante ellas conocemos su historia, el encuentro con el que después será su marido, el enamoramiento, la boda y el traslado a la casa en la que residieron varias generaciones de Bazelet. El desarrollo de la vida de ambos en ese bello y acogedor hogar, el nacimiento de los hijos, la enfermedad y muerte del esposo y otros muchos y variados episodios, se van desenvolviendo en un barrio de calles estrechas, situadas en torno a una iglesia, en el que las relaciones de vecindad hacen la vida de sus pobladores muy grata, en especial de Rose cuando enviuda.
El libro está escrito con un estilo sobrio y cuidado. Su argumento, a veces sorprendente, sitúa al lector ante la tesitura de aceptar o no los cambios que trae consigo el progreso. Rose no los acepta y justifica el porqué, que determinará el final de la historia. Sin embargo, la autora nos explica que esos cambios convirtieron al París medieval en el París moderno y urbano que tanta admiración provoca en sus innumerables visitantes.