lunes, 6 de agosto de 2012

CASA DESOLADA

Hace algún tiempo, también durante el mes de agosto, disfruté con la lectura de “Casa Desolada”, libro de Charles Dickens que hoy traigo a esta página. Ahora, aprovechando que en febrero de 2012 celebramos el bicentenario de su nacimiento (1812-1870) y consciente de que necesito algún “disfrute”, he empezado a leerlo de nuevo. Así que mis antiguas y gozosas percepciones, al tratarse de un “clásico”, se han enriquecido con otras nuevas.
Dickens publicó “Casa Desolada” en 1853, cuando ya era un autor de enorme prestigio. No hay que olvidar que el éxito le llegó con su primera novela, Papeles Póstumos del club Pickwick. Después vendrían Las aventuras de Oliver Twist, Almacén de Antigüedades, Cuento de Navidad, David Copperfield y algunas más. Sin embargo, a pesar de la importancia de las enumeradas, muchos críticos afirman que es Casa Desolada la obra en la que Dickens alcanza la madurez plena como novelista.
Casa Desolada se publicó por entregas, al igual que muchos relatos de este autor. La historia que contiene gira en torno a una herencia sujeta a un larguísimo proceso legal, JARNDYCE Y JARNDYCE. La protagonista principal, Esther Summerson, en primera persona y alternándose con el narrador, nos cuenta su vida. Abandonada al nacer y tras pasar la infancia junto a la que ella llama madrina que la trata con desprecio y frialdad, a los 18 años, muerta la madrina, es recogida por el que había sido siempre su protector, John Jarrndyce, un caballero generoso y amable que la recibe en su casa (Casa Desolada), junto a dos adolescentes, Ada y Richard, primos de dicho caballero que, al igual que él, son víctimas del proceso legal, “JARNDYCE Y JARNDYCE”.
La extensión de Casa Desolada, 1115 páginas, permite a los lectores descubrir lo que podríamos llamar “Universo Dickens”. La descripción de personajes, lugares y ambientes en la Inglaterra victoriana en la que la incipiente Revolución Industrial ha atraído a las ciudades a multitud de campesinos que sobreviven en condiciones miserables, ofrece a Dickens la posibilidad de ejercer con maestría la crítica, muchas veces irónica, de todo lo que a su alrededor no le parece ético: las enormes diferencias sociales, la altanería de las clases altas, la explotación de los humildes, la usura, la situación de los barrios marginales, la hipocresía de unas personas que viven de apariencias, la lentitud, vacuidad y arrogancia del aparato judicial; los movimientos feministas, la burocracia, etc., etc.
Algunas de las situaciones descritas las había vivido el propio Dickens cuando su padre ingresó en la cárcel por deudas y él, con 12 años, tuvo que trabajar en una fábrica en la que las ratas eran sus visitantes habituales. Más tarde, solucionados en parte los problemas económicos de la familia gracias a una oportuna herencia, siguió estudiando y se colocó como empleado en un bufete de abogados. Por tanto, también tuvo ocasión de conocer el funcionamiento de la justicia.
A los 21 años publicó en una revista su primer trabajo literario, una especie de artículo de costumbres, y de ahí hasta su muerte no paró de escribir, publicar y leer personalmente ante nutridos auditorios sus obras.
Tal vez lo mucho que las personas valoraban lo que Dickens escribía, incluso los que no sabían leer esperaban impacientes que alguien les leyera la siguiente entrega de alguno de sus libros, quizá porque en ellos veían reflejada la forma en que vivían y la crítica con la que esa forma se presentaba les hacía reflexionar sobre lo injusto de la misma y mantener la esperanza de un cambio positivo, hizo que Dickens no fuese rechazado ni por aquellos a los que más criticó.
En resumen, aprovechar el mes de agosto para leer a Dickens, en espera de la “desolación” que nos auguran llegará en septiembre, ayuda a prepararse contra la adversidad, a relativizar lo que sucede, a observar los acontecimientos armados de ironía y de una indignación “operativa” y a desear hallar al escritor capaz de condensar en sus escritos la variedad y complejidad de un tiempo histórico con el rigor, la generosidad, la técnica, el humor y el compromiso social que reflejan los libros de Charles Dickens.



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