martes, 27 de diciembre de 2011

CHESTERTON Y KATAYAMA

Dos nuevos libros para empezar la semana. El primero, prescindible, El año de Saeko, novela del escritor japonés Kyoichi Katayama. El segundo, muy aconsejable para regalar en estas u otras fechas, un conjunto de ensayos, Correr tras el propio sombrero, del escritor inglés G. K. Chesterton.
El año de Saeko es una obra no demasiado extensa, 238 páginas, pero con un ritmo tan lento y tan “japonés” que no se lee con facilidad. Digo japonés, porque abundan las palabras de dicha lengua referidas a alimentos, costumbres, ritos religiosos, etc. y su consiguiente explicación a pie de página. De igual modo, porque todo sucede sin caer en ninguna clase de estridencia. Los protagonistas parecen espectadores de la propia vida, presidida por la fuerza de un destino que les hace actuar según el guión que alguien estableció de antemano, aunque el lector no acaba nunca de saber qué o quién hay detrás de esa actuación.
Por otra parte, no sé si el error lo comete la persona que traduce la obra o aparece así en el original, pero abundan las repeticiones de una misma palabra en fragmentos breves del texto. Por ejemplo, en la página doce, en cinco líneas hay seis habían.
Los protagonistas principales de la historia que narra Kyoichi Katayama son Shun`ichi, un programador informático, aficionado a fotografiar gatos, y Saeko, su mujer que se encarga de la reposición y mantenimiento de tres máquinas expendedoras. La vida de ambos discurre de un modo totalmente apacible hasta que la hermana de Saeko les pide algo que alterará esa monótona existencia.
En resumen, un libro que no me ha entusiasmado, pero que puede interesar a los devotos de la literatura japonesa, de la que excluyo al occidentalizado Murakami.
El segundo libro tampoco se lee con facilidad, es muy extenso (628 páginas) y no está escrito con ese propósito. Los artículos que contiene, unos más largos y otros más cortos, ilustran sobre una gran diversidad de temas: literarios, políticos, religiosos, costumbristas, históricos, filosóficos, morales, etc.; tratados siempre con la profundidad y el humor inteligente característicos de Chesterton.
La mirada de este autor, sagaz y analítica, y su sentido del humor, tan británico, transforman las cuestiones más nimias, el hecho de correr tras el propio sombrero, los pelmazos, el plomo… en joyas de la literatura y en un gozo para el lector atento.
El análisis que hace de Shakespeare y de sus obras, de las pinturas alegóricas de Watts o de Bernard Shaw como filósofo, por citar algunas de las personas analizadas, muestra aspectos interesantes y distintos de las mismas, consecuencia de un concienzudo esfuerzo y de un trabajo de investigación exhaustivo.
Resumiendo, un libro para tener a mano y leer siempre que necesitemos cambiar de perspectiva al mirar a nuestro alrededor, contagiándonos de la alegría con la que mira y muestra lo observado el genial y admirable autor inglés.

domingo, 18 de diciembre de 2011

CONJURAR LA ALEGRÍA



El poema que viene a continuación lo he escrito yo. Ya sé que no debiera invadir el espacio reservado a lo que escriben otros; en general, personas importantes.
Pero pronto será Navidad y creo que puedo permitirme la licencia de felicitar con algo muy querido y personal a todos mis amigos virtuales.

¡FELIZ NAVIDAD! ¡FELIZ AÑO!

CONJURAR LA ALEGRÍA

Hagamos juntos un guiño a la alegría,
un guiño simultáneo.
Puede que entonces venga y se presente
ante nuestro conjuro.
Confiemos que llegue la alegría,
y suba a los despachos y baje a los talleres.
(Me temo haber intercambiado el verbo).

¿No está de moda aquello que mueve multitudes?
Facebook, Twitter, Linkedin…
Yo tengo varios cientos de amigos virtuales.
Amigos que me invitan,
desde la plaza pública de sus ordenadores,
a actividades múltiples y a saraos diversos,

Pero yo necesito que llegue la alegría,
que vuelvan las personas que decían amarme,
y a las que pensé amar.
Ahora que vivo espacios de penumbra,
que la luz y la sombra se hicieron contratiempo,
y no sé dónde voy,
ni conozco el planeta en el que habito.

Tu guiño puedo verlo,
eso quiere decir que estás ante mis ojos,
que tus manos se hallan prestas a la caricia,
que tus oídos oyen mis palabras de angustia,
que deseas, uniéndote a mi guiño,
conjurar la alegría.

Será fácil, hermano, amigo, compañero,
vivir, si me sostienes,
soñar, si te sostengo,
rezar a Dios,
aunque tú no le des el nombre que le doy,
o no le des ninguno.
La cuestión es aunar nuestros esfuerzos,
y hacer tambalear el orden que establecen
los que tienen la llave del espanto.

viernes, 9 de diciembre de 2011

YO CONFIESO

Cuando comenté el libro de Jaume Cabré “Las voces del Panamo”, dos personas añadieron apostillas. La primera indicando que la novela, de enorme éxito en Alemania, encerraba mensajes más profundos y significativos de lo que se podía apreciar a simple vista. La segunda daba a entender que estos mensajes eran aún más radicales e impactantes en la nueva obra del autor “Yo confieso”.
Desde entonces, me propuse leer dicha obra y no me ha defraudado en absoluto.
En principio, hay que decir que el procedimiento del que se vale Jaume Cabré para el desarrollo de la trama es idéntico al que encontramos en Las voces del Panamo. Es decir, se trata de otra novela coral, aunque ahora las voces han aumentado, junto con los acontecimientos, los personajes y el número de páginas. Hasta tal punto que, al final del libro, el autor enumera por siglos, épocas y relaciones de parentesco a todos los protagonistas.
Se puede deducir de lo anterior que la lectura no resulta fácil. En muchas ocasiones “te pierdes”, ya que voces distintas de épocas diferentes suelen unirse en la misma página e, incluso, en el mismo párrafo.
Hecha esta salvedad sobre la técnica constructiva, pasamos al argumento de la historia que, a mi parecer, gira alrededor del mal y su presencia en la vida de los seres humanos. De hecho, el protagonista principal, Adrià Ardèvol, pretende escribir un libro sobre ello.
Ésa es la razón por la que Jaume Cabré elige momentos en el devenir de la humanidad en los que considera que el mal estuvo particularmente presente. Un mal justificado para el que lo infringía, porque se realizaba en nombre de algo superior: Dios, la patria, la justicia… Así aparece la Inquisición, el nazismo o el fundamentalismo islámico, en referencia a las épocas; y, en relación con las personas, el asesinato, la tortura, el robo, la mentira, la enfermedad, la envidia, el egoísmo…
Junto al mal, la búsqueda de la belleza es otro de los pilares que sustentan el relato, la presencia de la belleza en cualquier época y la imposibilidad de desvincularla de la presencia inexplicable del Mal, pone el autor en boca de uno de los personajes.
Así que el mal y la búsqueda de la belleza están presentes desde la primera a la última página, como hilo conductor de la existencia de los protagonistas. El más importante, Adrià Ardèvol, un niño no querido, encerrado en una casa repleta de bellas y valiosas antigüedades que su padre atesora y vende en la tienda que ha montado con ese fin. Un padre que controla los estudios del hijo para que domine múltiples idiomas y se convierta en una réplica de él mismo; y una madre frustrada, cuya única obsesión es convertir al niño en un músico de renombre mundial.
La belleza y el mal conviven en las personas: Bernat, el amigo de Adrià desde la infancia, capaz del acto de amistad más noble y también del más innoble; están simbolizados en los objetos: el violín del siglo XVIII que Adrià hereda de su padre y que esconde una terrible historia de violencia, el trocito de tela que aportará al relato el mal más recusable, si cabe, que ninguno, que es el que se ejerce sobre niños.
En el libro también se nos cuenta una historia de amor. El amor que Adrià siente por Sara, la muchacha judía, experta dibujante (belleza) y con antepasados perseguidos y muertos por los nazis (mal).
Resumiendo, un extenso relato muy bien documentado, de construcción compleja que dificulta la lectura y, a la vez, la enriquece, y con un mensaje final bastante pesimista porque, aunque Jaume Cabré cita a menudo a Dios, en quien no cree, y hasta reproduce, en un diálogo entre Adrià y Sara, el pasaje del Evangelio en el que Jesús y Pedro hablan sobre el amor, la impresión que te queda al terminar el libro es que, para su autor, el mal se impone siempre, Dios no existe y la belleza queda relegada.

domingo, 4 de diciembre de 2011

UN PADRE DE PELÍCULA

De Antonio Skármeta he leído tres obras: El cartero de Neruda, Los días del arcoíris y, la pasada semana, Un padre de película.
En las tres se reconoce el estilo inconfundible del escritor chileno: mirada amable y compasiva sobre las cosas y sobre las personas, lo que lleva consigo que los personajes de estas obras suelan “caer bien”; siempre hay poesía y ternura en las descripciones de paisajes, costumbres y gentes; en el fondo de las historias se adivina un poso de tristeza resignada, ante la imposibilidad de alcanzar los sueños más altos y ocultos.
Este pequeño libro, que se lee en un soplo, reúne todas esas características, por lo que se libra de ser una historieta folletinesca con un título que despista y de la que se puede contar muy poco, ya que, al tratarse de un relato corto, el desenlace llega enseguida.
Baste decir que el protagonista es un maestro, cuyo padre, un francés afincado en el pueblecito en el que se desarrolla la trama y casado con una oriunda del mismo, desaparece del lugar el día en el que el hijo regresa a casa con su recién obtenido título.
La nostalgia por el padre ausente, la tristeza de la madre abandonada, el trabajo en la escuela y como traductor, la amistad con el molinero, las pocas expectativas de futuro, su carácter tímido y apocado, determinan la vida del muchacho, hasta que sucede algo que lo cambia todo.
O no. La historia queda abierta y el final, a la imaginación del lector.
Como lectora, en estos casos yo siempre imagino finales necesariamente felices.