lunes, 31 de octubre de 2011

CAPRICHOS DEL DESTINO: EL PUENTE DE SAN LUIS REY

El viernes, 20 de julio de 1714, el puente de San Luis Rey, tejido con juncos por los incas sobre una sima entre Lima y Cuzco, se derrumbó, causando la muerte a las personas que lo atravesaban en ese momento.

Thornton Wilder, novelista y dramaturgo norteamericano, elabora a partir de este hecho una fantasía singular y una bella metáfora sobre los caprichos del destino humano, en un pequeño y original libro que le valió a su autor la obtención del prestigioso Premio Pulitzer.

Tío Pío; Jaime, el hijo de la Perrichola, Esteban, la marquesa de Montemayor y Pepita son los cinco personajes cuyas vidas investiga el fraile franciscano Junípero, para intentar buscar una justificación a las muertes, provocadas por la acción (que no por el capricho) de la Divina Providencia.

Hay que apuntar que la historia que cuenta Thornton Wilder, convertida posteriormente en película, transcurre en el Perú del Virreinato, cuando las influencias de la Ilustración intentan arrebatar a la iglesia católica el control de las vidas de los seres humanos de aquel tiempo.

El lenguaje exquisitamente cuidado del relato, el extraordinario y sagaz retrato de los protagonistas del mismo, la belleza de las descripciones y la profundidad del tema en sí, unido a las palabras finales: "Lo único que cuenta es el amor", cursis en apariencia, pero que dotan a la narración que acabamos de leer de un sentido especial, convierten a El puente de San Luis Rey, en un sabroso y exótico capricho que los buenos lectores no deberían dejar de permitirse.

martes, 25 de octubre de 2011

ESTAS RUINAS QUE VES

Hace algún tiempo leí una columna de Manuel Hidalgo en la que se refería admirativamente al escritor mejicano Jorge Ibargüengoitia.
Por curiosidad, busqué en Internet información sobre el escritor citado y lo que encontré me llevo a la lectura de uno de sus libros, Estas ruinas que ves, relato que recibió el Premio Internacional de Novela México 1975.
El principal protagonista de Estas ruinas que ves es el profesor Francisco Aldebarán, que desde la capital del Estado regresa a su ciudad natal, Cuévano, para dar clase de literatura en la universidad.
Leo que Ibargüengoitia esconde bajo el nombre de Cuévano a la ciudad en la que él nació en realidad, Guanajuato, fundada por los españoles y de gran belleza monumental y arquitectónica.
La ironía festiva con la que el escritor se refiere a las pasadas grandezas de Cuévano (Guanajuato), “la Atenas de por aquí” como gustan decir sus habitantes, me hace recordar otras ciudades venidas a menos, cuyos pobladores, de tanto idealizar el pasado, acaban por mitificarlo, cayendo así en la exageración y en el ridículo.
Pronto el profesor Aldebarán se ve envuelto en un ambiente provinciano, en el que cada personaje le sirve al autor para hablarnos de las clases sociales, las realidades políticas y culturales de Méjico y hasta del medio ambiente y la calidad de vida, en un retrato demoledor que se esconde tras una mirada en apariencia bondadosa y condescendiente.
Leo también que Jorge Ibargüengoitia, prosista, hombre de teatro y articulista, era una gran persona, admiraba profundamente a Cervantes y su amor por la literatura le llevaba a disfrutar escribiendo sobre todo cuanto le rodeaba, pero no de manera grandilocuente y melodramática, sino con esa agudeza satírica, esa ironía soterrada, propia de las personas inteligentes que nos ayudan a mirar la realidad de otra manera, relativizando lo que sucede y buscando siempre el aspecto amable y hasta risible de cada situación.

Todo esto se nota a lo largo del libro, que se convierte así en una auténtica fiesta para el lector, por la perfección de su prosa, las jocosas anécdotas que cuenta y ese tono especial que le aproxima a Cervantes y a la mejor novela picaresca.

jueves, 20 de octubre de 2011

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Al no encontrar en la biblioteca el libro de Chesterton que fui a buscar, Isa me ofreció del mismo autor El hombre que fue Jueves.
Dicho libro fue publicado en el año 1808 y Gilbert K. Chesterton se convirtió al catolicismo, abandonando la confesión anglicana, en 1922. Sin embargo, en El hombre que fue Jueves encontramos ya muchas de las inquietudes religiosas que darían lugar a su conversión posterior.
De entrada hay que decir que el libro recoge todas las características literarias del prolífico autor inglés, que antes que escritor de novelas había sido dibujante, periodista, poeta y ensayista: imaginación desbordante, elocuencia, profundidad en sus apreciaciones, comicidad perspicaz, extraordinario manejo lingüístico, crítica solapada pero amable y ese fondo de alegría y bonhomía habitual, presente también en el conjunto de obras detectivescas que tienen como protagonista al Padre Brown.
El protagonista de El hombre que fue Jueves no es un sacerdote sino un poeta, Gabriel Syme, reclutado por Scotland Yard para formar parte de un grupo de policías especializados en la persecución de anarquistas.
En las calles de Londres, ciudad maravillosamente descrita por el autor, Gabriel conoce a otro poeta que milita en las filas de ese movimiento y que le invita a una reunión del Consejo Central de Anarquistas, formado por siete hombres en representación de los días de la semana. Al haber muerto la persona correspondiente al jueves, Gabriel es propuesto para ocupar su lugar. De ahí el título.
Al leer los primeros capítulos, piensas que la obra podría calificarse de novela detectivesca con reflexiones filosóficas, tan del gusto de Chesterton, perspicaces y bellas descripciones y profundas sentencias que te hacen pensar. Pero poco a poco el movimiento se acelera, las acciones se suceden y vas comprendiendo que tus apreciaciones iniciales son erróneas porque nada resulta ser lo que parece.
La conclusión tras la lectura, es que estás ante una obra policiaco–metafísica, una alegoría cristiana en la que perseguidores y perseguidos se convierten en principios eternos del universo, el bien y el mal, el orden y el caos. Que no está nada claro donde termina uno y empieza el otro. Incluso, que ambos son inseparables y hasta que se alternan en la representación de sus respectivos papeles. Y que, aunque prevalezca la Paz de Dios (Domingo), superior a todos en inteligencia y envergadura, antes del encuentro final estamos obligados a beber en la copa que un día él bebió.

jueves, 13 de octubre de 2011

EL BARÓN RAMPANTE

El barón rampante, novela de Italo Calvino que acabo de leer, es una de esas obras que te hacen disfrutar de la primera a la última página.
Publicada en 1957, hay quien la encuadra en la categoría de novelas de iniciación y juventud. De hecho, en 1965 se publicó una nueva edición destinada a estudiantes de bachillerato.
Sea cual sea su consideración por parte de la crítica especializada, me complace decir que a mí, que no la leí en el ya muy lejano bachiller, ahora, en la madurez, me ha entusiasmado.
La historia que cuenta El barón rampante se desarrolla en el siglo XVIII y albores del XIX en tierras de la península Itálica en su zona noroccidental, región de Liguria, entre Francia y el Piamonte. En esa zona, totalmente cubierta de árboles (aún no había llegado la especulación inmobiliaria), en la villa de Ombrosa vive con su familia el niño de doce años Cosimo Piovasco di Rondó, heredero de la baronía de Rondó.
Su padre, el barón, es un hombre chapado a la antigua que sueña con nuevas grandezas nobiliarias. Su madre, una prusiana obsesionada con hazañas bélicas y estrategias militares. Su hermana, monja doméstica, un ser indescriptible. Su hermano pequeño, cronista de la historia, es el único llamémosle “normal”. El hermano bastardo del barón, rescatado por éste de territorio turco, abogado e inventor, desempeña también un papel importante en el relato.
Todo comienza cuando Cosimo se niega a comer caracoles durante la ceremoniosa comida familiar de mediodía. Ante el enfado y la insistencia de su padre para que los coma, el muchacho escapa por la ventana y se sube a un árbol, convirtiendo así en domicilio habitual, que ya nunca abandona, lo que se debió a un arrebato momentáneo de rebeldía juvenil.
La descripción de los distintos árboles y la manera que tiene Cosimo de acomodarse a ellos, mediante inventos a cada cual más ingenioso. El encuentro con la condesa Viola, gran amor de su vida. Las relaciones con los campesinos habitantes de aquellos territorios. El estrecho contacto con los libros que le lleva a comunicarse con algunos enciclopedistas y teóricos de la Revolución Francesa. La vida entre el grupo de españoles exiliados, a los que Carlos III ha prohibido pisar el suelo de sus dominios. La cita con Napoleón Bonaparte, a imitación de la que protagonizan Diógenes y Alejandro Magno. El choque con los francmasones, con los jesuitas, con los piratas, etc., etc., hacen que cada capítulo traiga consigo nuevos y gozosos descubrimientos.
Página tras página te sorprendes, te entusiasmas, te ríes, te emocionas. El ritmo del relato, que se mantiene de principio a fin; la perfecta construcción que presenta, la belleza del vocabulario, por ejemplo, al describir las distintas especies de árboles y pájaros que pueblan el entorno; la fidelidad del protagonista a la regla que él mismo se ha fijado; el canto a la libertad y a la rebeldía contra el orden establecido, y muchas más cuestiones que dejo descubrir al lector, convierten a El barón rampante en una obra filosófica, histórica, de aventuras, ecologista, amorosa, de denuncia, sentimental… y, por supuesto, de obligada lectura.

lunes, 3 de octubre de 2011

Inauguro el mes de octubre con un libro de los que no se leen en dos días. A mí me ha ocupado dos semanas. Pero estoy segura de que mi amigo Manolo, meticuloso y perfeccionista, le habría dedicado por lo menos un mes.
Se trata de Quien sueña novela del escritor madrileño Raúl Guerra Garrido, que recibió por esta obra el XI Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones.
Afirma Raúl Guerra Garrido que si “un escritor no desnuda sus sentimientos, su corazón, no merece ser leído”. Él lo hace en esta especie de libro de memorias en el que, siguiendo la estela de Joyce, nos cuenta el paseo por Madrid que realiza en una sola jornada, desde las 10 de la mañana a las 10 de la noche, hasta llegar a un bar en el que ha sido citado para recibir una revelación decisiva.
Durante ese paseo, recorriendo lugares que conoció en la infancia, muchos de los cuales ya no existen o han sido transformados, el escritor nos contará retazos de su vida, intercalados con aquellos sueños que, de alguna manera, dejaron impronta en su ser. “Somos más autores que actores de nuestros propios sueños”.
El paso del tiempo, los cambios que éste produce en la percepción de las cosas, los pequeños detalles que no lo fueron tanto, las ansias, los adioses…, todo ello con el amor a la Literatura como nexo común. “Escribir, escribir, escribir…”.
No se trata de un libro de memorias al uso, tampoco de una guía de lecturas y autores que influyeron en la vida del autor, aunque cite a bastantes y analice su efecto: El manantial de Ayn Rand, La soledad del corredor de fondo de Alan Sillitoe
Más bien es el esfuerzo de plasmar en un libro un camino intensamente vivido, con sus alegrías, decepciones y tragedias (el asesinato de José Luis López de la Calle a manos de ETA fue una de ellas). Camino que se apoya en la Literatura como baluarte fiel y en los sueños como eslabones mágicos que enlazan realidad y fantasía.