jueves, 20 de octubre de 2011

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Al no encontrar en la biblioteca el libro de Chesterton que fui a buscar, Isa me ofreció del mismo autor El hombre que fue Jueves.
Dicho libro fue publicado en el año 1808 y Gilbert K. Chesterton se convirtió al catolicismo, abandonando la confesión anglicana, en 1922. Sin embargo, en El hombre que fue Jueves encontramos ya muchas de las inquietudes religiosas que darían lugar a su conversión posterior.
De entrada hay que decir que el libro recoge todas las características literarias del prolífico autor inglés, que antes que escritor de novelas había sido dibujante, periodista, poeta y ensayista: imaginación desbordante, elocuencia, profundidad en sus apreciaciones, comicidad perspicaz, extraordinario manejo lingüístico, crítica solapada pero amable y ese fondo de alegría y bonhomía habitual, presente también en el conjunto de obras detectivescas que tienen como protagonista al Padre Brown.
El protagonista de El hombre que fue Jueves no es un sacerdote sino un poeta, Gabriel Syme, reclutado por Scotland Yard para formar parte de un grupo de policías especializados en la persecución de anarquistas.
En las calles de Londres, ciudad maravillosamente descrita por el autor, Gabriel conoce a otro poeta que milita en las filas de ese movimiento y que le invita a una reunión del Consejo Central de Anarquistas, formado por siete hombres en representación de los días de la semana. Al haber muerto la persona correspondiente al jueves, Gabriel es propuesto para ocupar su lugar. De ahí el título.
Al leer los primeros capítulos, piensas que la obra podría calificarse de novela detectivesca con reflexiones filosóficas, tan del gusto de Chesterton, perspicaces y bellas descripciones y profundas sentencias que te hacen pensar. Pero poco a poco el movimiento se acelera, las acciones se suceden y vas comprendiendo que tus apreciaciones iniciales son erróneas porque nada resulta ser lo que parece.
La conclusión tras la lectura, es que estás ante una obra policiaco–metafísica, una alegoría cristiana en la que perseguidores y perseguidos se convierten en principios eternos del universo, el bien y el mal, el orden y el caos. Que no está nada claro donde termina uno y empieza el otro. Incluso, que ambos son inseparables y hasta que se alternan en la representación de sus respectivos papeles. Y que, aunque prevalezca la Paz de Dios (Domingo), superior a todos en inteligencia y envergadura, antes del encuentro final estamos obligados a beber en la copa que un día él bebió.

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