sábado, 6 de agosto de 2011

CORAZÓN DE ULISES

Empiezo las lecturas de agosto con un libro que deseo dedicar a todas las personas que no pueden viajar ni tomar vacaciones. Yo soy una de ellas. Por lo tanto, también me lo dedico.
El título del libro es Corazón de Ulises, su autor, Javier Reverte, su argumento, un viaje por las tierras que habitan y habitaron los griegos.
Quizá esta obra me ha impresionado de una especial manera porque siempre me atrajo aquella antigua civilización en la que Europa hunde sus raíces.
Recuerdo entusiasmarme cuando intentaba transmitir en clase algo de lo que el legado griego supuso para mí: deseos de saber, de conocer y conocerme más, de buscar la perfección y la belleza. Y junto a esos deseos, la diversión, la fiesta, la tertulia, el amor por el arte, la poesía, el deporte… Heráclito, Parménides, Herodoto, Fidias, Homero, Safo, Pericles, Sócrates, Platón, Aristóteles, Esquilo, Sófocles, Píndaro, Alejandro…
Personas y lugares, en ocasiones, íntimamente unidos: Aquiles y Micenas, Héctor y Troya, Ulises e Ítaca, Creta y Ariadna, Heráclito y Éfeso, Lesbos y Safo, Filipo II y Macedonia, el monte Olimpo y Zeus, Delfos y Apolo, Atenas y Pericles, Alejandro y gran parte del mundo.
Dioses, templos, costumbres, ceremonias, alimentos, batallas, espectáculos…, llegan a nosotros a través de los ojos y la pluma de un hombre que es capaz de viajar con Ulises, reflexionar con Sócrates y batallar al lado de Alejandro; y que se apoya para enriquecer si cabe más aún su relato en multitud de estudios realizados por especialistas y en creadores como Cavafis, Henry Miller y Lawrence Durrell. Todo ello sin perder el humor, comparando lo que fue y lo que es, haciéndonos disfrutar y pensar, alejando prejuicios y vacunándonos contra el nacionalismo, el fanatismo religioso y la intolerancia, grandes enemigos de la cultura.
Es un libro genial, vivo, pensado, de ésos que levantan el ánimo y alejan soledades. Con el que no te cuesta nada imaginar cómo era la vida de los antiguos griegos. Agradeces su forma de sentir y de ser, las huellas que dejaron. Y te planteas seguir esas huellas, retomar el camino que una vez iniciaste, hasta encontrar, quizá, con el favor propicio de los volubles dioses, al final de la ruta, tu personal y venturosa Ítaca.

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