domingo, 24 de abril de 2011

CALIGRAFÍA DE LOS SUEÑOS

Termino de leer Caligrafía de los sueños del escritor barcelonés Juan Marsé.
Según el escritor, se trata de su novela más autobiográfica; el protagonista, Ringo, es también un niño adoptado, cuya afición a la lectura le permite fabricar un mundo a la medida de sus fantasías. Un mundo que ha de hacerse real gracias a la escritura, que le permitirá hallar un lugar propicio para repeler el entorno hostil en el que vive y reinventarse a sí mismo.
Ésa es la razón por la que podríamos calificar esta novela como “de iniciación”, ya que relata la búsqueda por parte de Ringo de ese lugar propicio. Una búsqueda llena de dificultades, decepciones, renuncias y fracasos, pero también de experiencias y descubrimientos, que habrán de enriquecer su futura vida de adulto.
La historia que nos cuenta Marsé, al igual que en otras de sus novelas, se desarrolla en la Barcelona de los años cuarenta, en unos barrios grises y míseros en los que viven gentes sin futuro. Estraperlo, cartillas de racionamiento, miedo, represión política son cuestiones muy conocidas por los habitantes de esos barrios. En el de Ringo, destaca la señora Mir, Vicky, sanadora y quinesióloga de profesión, que vive con su hija Violeta. La señora Mir acoge en su casa a Abel Alonso, uno de sus pacientes, del que se enamora y con el que rompe de manera violenta, recibiendo de él la promesa, a través de la tabernera, de que le escribirá una carta. Las circunstancias que rodean la recepción de esa posible carta, con la que la señora Mir termina obsesionándose, ocupan buena parte del relato.
El resto nos describe la vida del barrio a través de los ojos de Ringo: la pandilla de amigos, su familia, las personas a las que observa desde su mirador de adolescente solitario, las películas, los burdeles, los bailes, etc.
Tratándose de Marsé, no hay que decir que el libro está muy bien escrito. Las descripciones son precisas y, en muchos casos, poéticas. Además, a pesar de la sordidez de los ambientes que describe, no he encontrado acritud ni amargura en la historia, sino una especie de determinismo compasivo y nostálgico que hace que todo encaje para bien.

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