domingo, 2 de enero de 2011

¡FELIZ 2011!

Empieza el 2011 y yo, maestra con todas las peculiaridades inherentes a mi profesión, no puedo dejar de recomendar, mientras voy sermoneando al respecto, dos libros que representan dos maneras distintas de afrontar la existencia, en este caso, el año recién comenzado.
El primero, atendiendo a la fecha de su publicación, 1940, es El desierto de los Tártaros del escritor italiano Dino Buzzati (Belluno, 1906 - Milán, 1972). El segundo, publicado en 1994, Sostiene Pereira, escrito también por un italiano, Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943).
El desierto de los Tártaros, considerado la obra maestra de Dino Buzzati, cuenta la historia de Giovanni Drogo, un joven oficial que, al terminar sus estudios militares con el grado de teniente, es destinado a una fortaleza perdida en la frontera de un país imaginario. Al otro lado de esa fortaleza se extiende “El desierto de los Tártaros”, desde donde se prevé habrá de llegar algún día una invasión.
Giovanni Drogo es un apuesto joven con aspiraciones y recursos, sin embargo, en la mañana de su partida hacia la fortaleza, no se siente feliz; comprende que la primera juventud, irresponsable y alocada, ha terminado y le invaden vagos y fatales presentimientos.
Al llegar al lugar asignado, se ve inmerso en el riguroso ambiente cuartelero, que le asusta de entrada. Poco a poco, vencidos los recelos iniciales, va integrándose en la rutina, obteniendo a cambio seguridad y una cierta calma interior. Por otro lado, la espera de ese posible ataque enemigo, le hace sentir que su inacción, al margen de lo que a la fortaleza se refiere, tiene un sentido; es decir, le ayuda a justificarse y a tranquilizar su conciencia.
El protagonista de Sostiene Pereira, Pereira, vive una situación muy distinta. En principio, no es joven ni apuesto. Además está gordo, sufre del corazón, tiene la presión alta, su mujer ha muerto de tisis y, profesionalmente, ha desarrollado la carrera de periodista en la sección de sucesos de un periódico de tercera. No es de extrañar que sus pensamientos, al igual que los de Giovanni Drogo, aunque por motivos diferentes, sean bastante lúgubres en las primeras páginas de la novela.
Pero, en su caso, el viaje personal que emprende no le conduce hacia la fortaleza que ha de proporcionarle seguridad y refugio, sino a la Plaça da Alegria, en la que se ha citado con Francesco Monteiro Rossi, un joven licenciado brillantemente en Filosofía, al que desea pedirle que colabore en el periódico para el que trabaja.
La relación que se establece entre Monteiro, su novia Marta y el viejo periodista, transformará por completo la vida de éste, sacándole de su letargo y empujándole a tomar decisiones heroicas.
De lo que ocurre en ambos libros hasta llegar al desenlace final de las historias, podría estar hablando durante horas. Prefiero que el posible lector lo descubra y disfrute con unos planteamientos perfectos y originales en la forma e impactantes y perturbadores en el fondo.
Perturbadores sí, en el sentido de que su lectura te sacude por dentro, te hace reflexionar, te despabila. Algo que se agradece en el comienzo de un año, 2011, para el que no se augura nada bueno.

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