miércoles, 29 de diciembre de 2010

UNA LETRA FEMENINA AZUL PÁLIDO

Esta breve novela de Franz Werfel, escritor judío nacido en Praga en 1890 y muerto en EEUU en 1945, por su extensión, resulta apropiada para leer, si no se dispone de demasiado tiempo; y, por su calidad, puede servir de antídoto contra los excesos que suelen cometerse en la mayoría de las fiestas.
La acción transcurre en Viena en 1936, época inmediatamente anterior a la invasión alemana, comenzada ya la represión contra los judíos.
El protagonista principal es Leónidas, alto funcionario del Ministerio de Educación austriaco.
Leónidas hereda de un muchacho judío que se suicida un elegante frac. Gracias a él y a sus dotes de bailarín, procediendo de una clase social inferior, logra introducirse en la alta sociedad vienesa y enamorar a Amelie, rica heredera con la que se casa, sin que el matrimonio tenga hijos.
El día en el que transcurre toda la obra, Leónidas recibe una carta escrita con tinta de color azul pálido, en la que Vera Wormser, joven judía con la que mantuvo una relación amorosa después de casado, le pide ayuda para un chico inteligente y muy brillante que él desconoce, pero que piensa podría ser el hijo nacido de aquella relación.

El análisis psicológico de los personajes, manifestado, por ejemplo, en la lucha que mantiene Leónidas entre su integridad personal, lo que le dicta su conciencia, y el miedo a perder la posición adquirida; la descarnada descripción de la sociedad austriaca de aquel tiempo, en especial de la alta sociedad, que cierra los ojos a los crímenes del nazismo pensando que así conservará sus privilegios; y el deslumbrante modo de narrar la historia, convierten a Una letra femenina azul pálido, como dije al principio, en un antídoto contra los excesos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

DISCURSO DE VARGAS LLOSA

He leído con atención el discurso de Mario Vargas Llosa en Estocolmo y me he sentido tan identificada con él, que no me resisto a hacer un breve comentario.
Confiesa Vargas Llosa: “Aprender a leer es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”. Salvando las enormes distancias entre un creador genial y mi persona, puedo afirmar lo mismo. La lectura es el único vicio que he tenido. Ahora lo dosifico, pero hubo un tiempo en el que, al igual que en el cuento infantil Juan y las habichuelas mágicas, cada vez que las circunstancias no me eran propicias, allí estaba la planta trepadora de los libros, por la que yo ascendía, protagonista de mil y una historias que, como la de Juan, siempre aportaban finales felices.

Después, conforme fui creciendo, la lectura consiguió la proeza de romper las barreras del tiempo y el espacio y, en ciertas y especiales ocasiones, convertir el sueño en vida y la vida en sueño.
La lectura hizo que me considerase ciudadana del mundo. Descubrí que los grandes autores son aquellos capaces de plasmar en sus obras sentimientos universales, con los que cualquiera puede identificarse. Bernanos, Dostoievski, Thomas Mann, Dickens, Hermann Hesse, Unamuno, Tolstoi… ¿Qué importa que sean rusos, alemanes, franceses, ingleses, españoles, noruegos…? Sólo importa que saben expresar de forma magistral mis tristezas, alegrías, dudas, miedos… Leyéndolos en ellos, la soledad se aleja mansamente y hasta encuentro razones y respuestas.

Es como los sabores que dan nombre a este número de Hebe. Lo salado es salado en todas partes, al igual que lo dulce, lo picante o lo amargo. Sólo cambia el matiz, la cantidad de azúcar, de sal o de vinagre y el modo en que yo aprecio ese sabor, que es diferente de cómo puede apreciarlo otra persona, sea cual sea su origen.
Ilustradores, fotógrafos, escritores, músicos…, buscan representar lo que más les fascina de una historia, de una vivencia personal, de un instante que les quedó grabado en la retina o en la imaginación.
Tanto el ilustrador como el fotógrafo o los escritores de relatos breves han de sintetizar hasta el extremo el sabor que perciben, ahí reside el genio, para que, en pocas líneas o en una mirada, el lector o el espectador capten la idea central, hagan suyo el mensaje, disfruten del picante, del dulce o el salado; les conmueva y estremezca el amargo.
De la complicidad que exista entre el creador y el que paladea la obra creada, proyectándose en ella, dependerán todas las sensaciones que habrán de convertir la susodicha obra en algo placentero o rechazable.

Vargas Llosa lo expresa con total precisión en su libro de ensayo La verdad de las mentiras, analizando didácticamente treinta y cinco novelas.
Novelas de países distintos y variada temática, pero en las que podemos entrever aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en todos nosotros, por debajo de las diferencias que nos separan.
Que es, en definitiva, lo que llena la vida de sabor, de sabores.




viernes, 3 de diciembre de 2010

EL HEREJE

El Hereje es la única novela histórica escrita por Miguel Delibes. Está basada en un suceso verídico: el proceso y ejecución de un grupo de reformistas en el Valladolid de la Contrarreforma a mediados del siglo XVI.

Debo decir que he comenzado este libro tres veces. La primera, no me interesó en absoluto. La segunda, leí aproximadamente la mitad y el final. La tercera, continué por donde lo había dejado y me apasioné con el personaje principal, Cipriano Salcedo.

En realidad, aunque se trate de un género poco cercano a Miguel Delibes, las características del autor se pueden ver en toda la obra: la descripción del paisaje castellano, que tan bien conocía y amaba; su afición a la caza, la predilección por personajes, de alguna forma marginales, y el exacto retrato físico y psicológico que hace de ellos y de los demás que integran el relato; el cuidadoso estudio de la época, utilizando, incluso, el vocabulario de entonces, ilustrado, pero no arcaico; su rechazo de la hipocresía y la doble moral de determinadas clases sociales; las malas consecuencias que se obtienen al unirse religión y poder; el interés por hallar la verdad, limpia, sin dogmatismos; el valor que otorga a la cultura como instrumento con el que atajar la superstición y el fanatismo de las gentes.
Lo único que me parece bastante ajeno a Miguel Delibes es el aspecto erótico destacado en una buena parte de la novela. Desde luego no es un añadido inconveniente, sino algo natural en el contenido de la historia. Sorprende un poco, porque el escritor no suele recrearse en esas lides; al menos en los libros que he leído de él.
Lo que no me sorprende en absoluto es su preocupación por la verdad, su búsqueda de la autenticidad y la inocencia, su pasión por el hombre íntegro y fiel a sus convicciones, aceptando la duda, que es humana.
Todo esto y mucho más lo representa Cipriano Salcedo, que termina en la hoguera. Delibes nunca dijo que ser fiel a uno mismo fuese fácil; de ahí el tono pesimista y desesperanzado que, si nos quedamos solamente en lo externo, podemos encontrar en la mayoría de sus novelas.