martes, 31 de agosto de 2010

AGOSTO: PUNTO FINAL


Pongo punto final al mes de agosto, poco proclive a profundizaciones y trascendencias intelectuales, con dos novelas de las que se denominan “históricas”, que, por su temática, los ambientes descritos y las características personales de las protagonistas principales de ambas, presentan bastantes similitudes.
La primera, en cuanto a la fecha de publicación, es La cinta roja de Carmen Posadas.
La segunda, Premio Azorín de novela 2010, El amor del rey de Begoña Aranguren.
La cinta roja, biografía novelada de la aristócrata de origen español Teresa Cabarrús, se desarrolla en España y sobre todo en Francia antes, durante y después de la Revolución Francesa.
En El amor del rey, la supuesta amante de Alfonso XIII, Soledad Quiñónes de Larra y Valdés, también aristócrata, cuenta su vida centrándose en la relación amorosa con el monarca.
Hace unos años, concretamente en el 2003, descubrí a Gilles Lipovetsky, filósofo francés que disecciona con claridad y precisión absolutas las sociedades contemporáneas, en obras como La era del vacío o El crepúsculo del deber.
Recomiendo que lean a Lipovetsky, así descubrirán, entre otras muchas cosas interesantes, que las novelas históricas citadas, si es que llegan a leerlas o ya las han leído, son un claro producto de esta época.

martes, 24 de agosto de 2010

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS


Tras la lectura de Pura alegría, era obligado buscar en otra obra de Muñoz Molina, esta vez de ficción, las características que él atribuye a la buena literatura.
Elegí La noche de los tiempos por su extensión (958 páginas) y porque hablar de la II República y de la Guerra Civil requiere unas dosis de alejamiento y ecuanimidad poco habituales en el panorama literario.
La noche de los tiempos es, sobre todo, una novela de amor.
Como eje central está el amor apasionado que surge de manera espontánea entre Ignacio Abel y Judith Biely. Pero también hay otros amores: el del padre albañil que trabaja hasta la extenuación para pagar los estudios del hijo, el de Don Juan Negrín por la idea de España que moldea en su mente, el del profesor Rossman por su hija y su concepto de la arquitectura, el callado y reprimido de Adela por Ignacio, el de Lita, el de Moreno Villa, el...
Quizá el que menos ama, si por amor entendemos entrega, sea Ignacio Abel y en la connotación del apellido, Muñoz Molina incluye una disculpa.
A un lado de la escena, igual que el tramoyista preocupado porque nada le falte ni sobre al escenario, Muñoz Molina, con ese estilo denso y excelente sintaxis que le caracteriza, despliega ante los ojos del lector una especie de tapiz cuidadosamente tejido, en el que las historias individuales se anudan con firmeza unas a otras sin dejar cabos sueltos; consiguiendo, no obstante, gracias a la precisa descripción de paisajes, personajes y ambientes, que la imaginación recreé los acontecimientos sucedidos y los proyecte hacia atrás y hacia delante, buscando causas, consecuencias o equiparándolos con hechos actuales.
Por el libro desfilan multitud de figuras históricas. Junto a los citados Moreno Villa y Negrín, encontramos también a Bergamín, Alberti, Azaña, García Lorca, Juan Ramón Jiménez., Zenobia, Mª Teresa León... tan vivos, tan creíbles, que apetece buscar las biografías de los más olvidados para saber lo que ocurrió después, cuando empezó a matar sólo uno de los bandos.
Insisto en que es un libro denso que ha requerido, además de talento, una extensa documentación que hace más consistente la urdimbre del tapiz: titulares de distintos periódicos, propaganda de muy variada índole, música, cine, pintura, fiestas populares (no parece que a Muñoz Molina le seduzcan los toros), comidas, costumbres, lugares y gentes.
La tradición literaria, ésa que contribuye a conectarnos con el orden del mundo, nos conduce a Platón y a su Caverna en la forma de ser de Ignacio Abel, a la Biblia en el nombre y la disculpa, al análisis serio y riguroso de lo acaecido en la trilogía La forja de un rebelde de Arturo Barea, a la ácida crítica de Larra en Vuelva Ud. mañana, a la descripción pausada y cuidadosa de Galdos en los Episodios Nacionales, al horror que descubre la mirada de Goya, a la amargura nostálgica por lo que pudo ser y no fue de Max Aub; a la evocación del tiempo, al que el autor dedica, además de la idea de la obra en general, páginas muy concretas, de Marcel Proust.
A quien no logro distinguir es a Faulker, considerado por Muñoz Molina, según Pura alegría, uno de sus maestros. Tal vez esto suceda porque el nombre de Abel y sus connotaciones impregnan todo el libro.

martes, 17 de agosto de 2010

PURA ALEGRÍA


En ocasiones, cuando lees un libro, sientes que todo encaja. Atribuyes esta perfección interna que percibes a causas meramente formales: la exposición, el nudo y el desenlace definen la estructura. Sin embargo, aún sigues pensando en que hay algo más. Algo que intuyes, pero no sabes concretar con palabras.
El ensayo Pura Alegría de Antonio Muñoz Molina, compuesto por varias conferencias que este escritor leyó ante distintos auditorios, me proporciona los argumentos necesarios para dilucidar las intuiciones anteriores.
Muñoz Molina dice: “La ficción narrativa, que procede del mito y de los cuentos infantiles, tiene, como ellos, la tarea de explicar el orden del mundo y de ayudarnos a encontrar en él nuestra propia posición”.
La búsqueda de esa explicación por parte del autor, es la finalidad de cada una de las conferencia que componen el libro.
Así habla de su infancia y primeras lecturas; del gusto de mirar, de aprender y del respeto y gratitud que ha de sentir el escritor hacia aquello que le permite serlo; de los libros y autores a los que considera sus maestros; de la relación entre el autor y el lector, y entre el lector y la obra literaria...
Pero en todo lo escrito, subyace el mismo fondo: la explicación del orden del mundo y la necesidad que siente el escritor, y en mi caso, el lector, de hallar en él su sitio.
Sucede así en los mitos que recogen, por ejemplo, la Biblia, Las mil y una noches, la Odisea...; en el Quijote, en A la recherche du temps perdu, en los Episodios nacionales... y en autores como Juan Carlos Onetti, William Faulker, del que analiza la obra Absalon, Absalon, poniendo de manifiesto el orden que subyace bajo un argumento en apariencia caótico; o Max Aub, sobre cuya vida versó su discurso de ingreso en la Real Academia Española.
Apasionadamente habla Muñoz Molina de la importancia de cuidar y reivindicar una tradición literaria nacional, que es tan rica como la anglosajona, pero que no se cuida ni se estudia, dando lugar a que en muchas nuevas obras literarias no exista conexión con el pasado, falte el hilo vital que nos permita proseguir devanando la madeja embrollada de la existencia.
Es complicado condensar en unas pocas líneas todo lo que Muñoz Molina explica y cuenta en este breve libro (sólo 200 páginas). Por eso recomiendo que lo lean. Ojalá su lectura suponga para Uds., igual que lo ha supuesto para mí una Pura alegría.

miércoles, 11 de agosto de 2010

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER


El primer libro de ensayo que he leído este verano ha sido De qué hablo cuando hablo de correr del escritor japonés Haruki Murakami.
Me ha gustado bastante más que Sputnik mi amor, novela del mismo autor que leí hace algún tiempo y que no acabé de entender del todo.

Haruki Murakami explica que el título del libro está inspirado en el volumen de relatos cortos De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver.
Es un título que recoge a la perfección lo que él pretende transmitirnos; porque, a la vez que nos relata de dónde procede su afición por correr, lo que supone de preparación y buen estado físico, los lugares que conoce mientras corre o participa en maratones, la música que escucha, los alimentos que ingiere y hasta las zapatillas más adecuadas, sabemos también de su personalidad solitaria e individualista, de las cualidades que, a su juicio, debe poseer un escritor de novelas: talento, concentración y constancia; de cómo el correr contribuye al desarrollo del sistema autoinmune, venciendo así las toxinas que aparecen al escribir (de ahí la vida insana de tantos escritores); del valor del esfuerzo, del sentido de la existencia, de la felicidad que experimenta al terminar un libro, al alcanzar la meta señalada.

El correr y el escribir, podríamos decir conforman la vida del autor japonés de tal manera que no se concibe lo uno sin lo otro.
Aunque en principio fue la intención de escribir, correr se convirtió de forma paulatina en una necesidad vital que le hace ser quien es y llegar a donde ha llegado, hasta el punto de que en su epitafio desearía figurase lo siguiente:

HARUKI MURAKAMI
escritor (y corredor)
(1949-20**)
Al menos aguantó sin caminar hasta el final

Toda una lección de filosofía a la japonesa con la que, al tratarse de una pequeña joya literaria escrita con maestría y sinceridad, resulta fácil identificarse.

miércoles, 4 de agosto de 2010

NOVELA NEGRA


Aprovechando que acabo de leer Los amantes de Estocolmo, hoy hablaré de la novela negra, género literario que ha sido para mí un buen acompañante en vacaciones.
Definida por Raymond Chandler como “la novela del mundo profesional del crimen”, suele desarrollarse en ambientes oscuros y sórdidos, en los que la división entre el bien y mal se encuentra bastante difuminada.
Los protagonistas son individuos de personalidad compleja, muchas veces derrotados por la vida, que arrastran sus frustraciones y desdichas, importando más la acción dentro de la trama que el análisis del crimen en sí. Un ejemplo sería el personaje de Ripley, creado por Patricia Highsmith, en obras como La máscara de Ripley o Ripley en peligro.
En numerosas ocasiones, los autores se sirven de estas novelas para describirnos la sociedad en la que se desarrollan los hechos narrados y reflexionar sobre su deterioro ético. Es lo que hace el sueco Stieg Larsson en Los hombres que no amaban a las mujeres, el estadounidense Jason Goodwin en La estrategia Bellini o el español Raúl del Pozo en No es elegante matar a una mujer descalza.
El personaje principal de la obra puede ser el asesino, el citado Ripley; un detective, Pepe Carvalho, creación de Manuel Vazquez Montalbán, que aparece, por ejemplo, en Los mares del sur; comisarios de policía: Guido Brunetti, en Muerte en la Fenice de Donna Leon o Kurt Wallander en La quinta mujer de Henning Mankell; una inspectora de policía, Petra Delicado, inventada por Alicia Jiménez Bartlett en El silencio de los claustros; un inspector y una jueza en Los crímenes del número primo de Reyes Calderón; un comisario y una médico forense, Pete Marino y Kay Scarpetta, en Post Mortem de Patricia Cornwell; alguien que se ve involucrado en un crimen sin proponérselo en absoluto, Pablo Baloo Miralles en Lo mejor que le puede pasar a un cruasán de Pablo Tusset o Cristóbal Pasos en Los amantes de Estocolmo de Roberto Ampuero.
De todas las novelas señaladas, las hay que se ajustan por completo a las características del género, destacaría las de Patricia Highsmith. Otras se ubican mejor en el apartado de novelas policíacas, ya que no todos los ambientes y personajes son oscuros y el mal se diferencia claramente del bien; un ejemplo: Los crímenes del número primo de Reyes Monforte.
En esta última novela, así como en El silencio de los claustros de Alicia Jiménez Bartlett, la ideología de las autoras, a la que me referí en un artículo anterior, se manifiesta de modo ostensible.