lunes, 29 de marzo de 2010

FAHRENHEIT 451


Tomando como excusa las ofertas de televisores de pantalla panorámica y equipados con diversos artilugios, para mí incomprensibles, que están llegando a casa en estos días, aporto al blog un libro que me impresionó al leerlo hace bastante tiempo; de tal manera, que no he olvidado la historia que contiene, ya que, día tras día, he podido comprobar cómo se cumplen las premoniciones del autor. Se trata de Fahrenheit 451, publicado por el escritor estadounidense Ray Bradbury en 1953.

Ray Bradbury nos presenta una sociedad que acepta el control férreo de las autoridades políticas, que les amenazan con perversos enemigos, a los que hay que mantener alejados. Entre estos enemigos están los libros, acusados de corromper las mentes con sus historias y, por ello, condenados a la hoguera. De la búsqueda y destrucción de esos libros se encarga un equipo de bomberos que jamás apagaron un incendio.

En la obra, de sólo 175 páginas, se habla de la soledad humana en general (el individuo aislado es fácilmente manejable), fomentada por una autoridad totalitaria y fundamentalista. Por ejemplo, prohíben que los vecinos se reúnan en el porche a conversar un rato; y, de la soledad de la pareja, en particular: el uso de somníferos, la utilización de auriculares que dificulta la comunicación, el rechazo a los hijos, etc.

Pero también, y es lo que nos ocupa, se presenta a la televisión como faro que dirige el comportamiento de las personas. Los televisores invaden espacios considerables en las habitaciones y los espectadores se sienten parte de la gran familia televisiva.

Así, de forma gradual, va calando el mensaje que se desea transmitir, produciéndose el cambio pretendido en actitudes y comportamientos.

Si miramos a nuestro alrededor, e intentamos hacerlo de manera objetiva, en especial los que ya hemos cumplido algunos años y estamos en colegios e institutos, podemos comprobar hasta qué punto influyen en los alumnos los contenidos de la televisión.

No me atrevo a calificar lo que veo de irreversible, tampoco lo describo, que cada cual extraiga sus propias conclusiones. Después, que lea el libro y vea la película del mismo título a que dio lugar, dirigida por François Truffaut.

Quizá, si ve reflejado lo que ocurre hoy en un libro de 1953 y en una película de 1966, crea que deben tomarse algunas decisiones racionales.

Por mi parte, quiero ser optimista, Ray Bradbury lo es; incluso, su libro acaba bien. Una razón como otra cualquiera para que no perdamos la esperanza.

domingo, 21 de marzo de 2010

TENGO UN AMIGO

Tengo un amigo que ama los libros. Pero no como yo, que soy capaz de leer cualquier cosa, depende del momento.
El amor de mi amigo por los libros le hace ser exigente y cuidadoso. Elige sólo buena literatura. Busca zonas librescas: ferias, grupos afines, librerías corrientes y "de viejo"... Suele encontrar ese ejemplar distinto que asemeja a las joyas por su olor, la pátina dorada que nos recuerda el tiempo transcurrido desde que lo imprimieron, una dedicatoria que alguien ajeno escribió con mimo... O bien, obras casi olvidadas que nunca, tras la primera vez, volvieron a la imprenta.
Los libros de mi amigo poseen vida propia. Además de los temas que contienen y del placer que supone leerlos, transmiten muchas pistas del carácter del lector primigenio: traducciones, apuntes, subrayados, recortes de periódicos que analizan la obra o el autor, y hasta un registro de los lectores a quienes se ha prestado; mi amigo dice: "Son de confianza".
No sé cuándo empezó la afición literaria de mi amigo; por el tamaño de su biblioteca, debe venir de lejos.
Biblioteca que está meticulosamente organizada, mediante un exhaustivo seguimiento informático que incluye, junto al título, datos sobre el autor e, incluso, la portada del libro reproducida gracias a un escáner.
No sé cuándo empezó su afición por la Literatura, pero sí sé que nunca dejará de leer; es fiel a sus afectos (siempre compra El País), y también a sus fobias (detesta los best séller).
Mi amigo, además de lector, gusta de la polémica: literaria, ideológica, religiosa, política... Posee una excelente memoria que le hace aportar, en toda discusión, datos que dejan desarmado al contrario. Así, mantiene que un buen libro ha de ser pesimista y va citando título tras título que apoyan su criterio. Por mi parte, discrepo y añado nuevos títulos (ahora que no me oye, he de decir que menos).
La discusión termina con una de sus frases lapidarias, sacada, como es lógico, de un libro: "Un pesimista no es más que un optimista bien informado", y sonríe ladino.
Mi amigo es un lector como Dios manda.
Tratándose de libros y de Literatura, nadie es más literato y mejor que mi amigo.

lunes, 15 de marzo de 2010

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita


Lo único que se sabe con certeza de este escritor del siglo XIV, es su nombre y su única obra, el Libro de Buen Amor, en el que explica el arte de amar.

Es uno de los más importantes poetas europeos de la Edad Media y uno de los escritores más leídos de nuestra literatura. Pertenece al mester de clerecía, posee una gran riqueza léxica y dominio de las formas verbales; no obstante, asombra su popularismo extremado.

En esta obra abundan los ejemplos, cuentos y fábulas; una adaptación del Ars amandi de Ovidio; adaptación de una comedia del siglo XII y de otros textos medievales latinos; sátiras y también poesías religiosas y profanas.

Se cree que algunos detalles de este libro pueden ser autobiográficos, pero el hecho de que esté escrito en primera persona no significa que lo sea.

Habla de don Amor como el causante de provocar todos los pecados del mundo, pero escucha sus consejos sobre qué debe hacer para enamorar. También necesita de la complicidad de una vieja que pueda entrar en casa de las damas para interceder en su favor.

El libro resulta muy divertido y el mismo Arcipreste dice que no se le juzgue mal por sus relatos, de sus amores.
En una ocasión se enamoró de una panadera llamada Cruz, rogó a un amigo que le hiciese de intermediario, pero éste se quedó con ella. Aquí sigue parte de una cántiga que se refiere a estos amores traicionados.


Mis ojos no verán luz
pues perdido é a Cruz.
Cruz Cruzada, panadera,
tomé por entendedera;
tomé senda por carrera,
como faz el andaluz.
Coidando que la avría,
díxelo a Ferránd García,
que troixiese la pleitesía
e fuese pleités e duz.
Díxome quel plazía de grado,
e fízose de la Cruz privado
a mi dio rumiar salvado,
él comió el pan más duz (dulce).

Punto final

Intento escribir los comentarios a las inmejorables críticas de libros que hace Mª José y no oprimo el botón adecuado; por este camino me es más fácil: Guardaré mi opinión para cuando sea del todo dispar a la suya, aunque no lo creo a estas alturas. De todos modos, el lector sale beneficiado, puesto que por cada libro que leo yo, ella lee cinco. Además, hace las reseñas de escritores y obras cuando el momento lo requiere, como ahora con nuestro admirado Delibes.

Yo seguiré con la Historia de la Literatura y con la Gramática, e intentaré contribuir a que ésta no sea sólo parda.
Hoy corresponde el turno a nuestro coqueto punto.

¿Han oído ustedes contínuamente (como yo) "Punto y final "? Supongo que tantas veces, que hasta te hacen dudar de lo que tienes aprendido.

Expongo:

Imaginemos que escribimos un párrafo en donde hay que usar distintos signos de puntuación.
Se va a seguir hablando de un mismo tema, pero hay una pausa y queremos significar ésta con un punto. Entonces, diremos que es punto y seguido, pues colocaremos un punto y seguidamente escribiremos; o sea, a continuación.

Cuando pasamos a un tema distinto o a otro apartado del mismo y queremos utilizar el punto y aparte, colocaremos el punto, y aparte seguiremos escribiendo.

Pero, cuando terminemos de escribir, pondremos el punto y nada más, no tendremos que hacer nada; obviamente, sobra la "y", porque ese punto es para expresar el final del escrito. Luego es,
"Punto final".

¡Lástima...!

Gracias

viernes, 12 de marzo de 2010

MIGUEL DELIBES

El primer libro que leí de Miguel Delibes fue La hoja roja y no me gustó. Era demasiado joven y buscaba en la Literatura la posibilidad de evadirme de realidades poco gratas. La hoja roja te mostraba la vida con toda su crudeza: miseria, fealdad, soledad, vejez, decrepitud, abandono, desesperanza, muerte, eran elementos que estaban para mí presentes en sus páginas y carecía de recursos que me permitieran trascenderlosy apreciar aspectos diferentes del libro.
Aspectos como el rigor descriptivo, la construcción del texto: la sintaxis; la riqueza de vocabulario, el retrato de los personajes, que implica un profundo conocimiento del corazón humano, la ternura, la sensibilidad, el mensaje que intenta conmover al lector y empujarle hacia el bien, tan presentes en las obras de Delibes, no supe descubrirlos entonces. Fue más adelante, tras leer El camino, cuando empecé a valorar en su justa medida a este autor.
Seguí comprando libros: La sombra del ciprés es alargada, Cinco horas con Mario, Mi idolatrado hijo Sisi, Los santos inocentes, El príncipe destronado, La Partida; Castilla, lo castellano y los castellanos y El hereje, obras todas que, progresivamente, me han ido aproximando a la forma de pensar y sentir del gran escritor vallisoletano.
Un castellano entero, con la sobriedad noble de su tierra, sin adornos retóricos que inpidan escuchemos lo que, según su paisano Gustavo Martín Garzo, pretende transmitirnos: "Todo ser nace para aliviar la soledad de los demás". Sobrio, pero sensible y melancólico, consciente de que estamos de paso, de que la muerte es una omnipresente compañera.
Miguel Delibes amaba el campo y la naturaleza. El retrato que hace de la gente del pueblo es mucho más amable que el que traza de los que viven en una ciudad. Como si la contaminación que sufren las ciudades afectara al fondo de las personas, envileciéndolas, Aunque también, de cuando en cuando, en algunas de ellas, la bondad del autor permita que apreciemos un amable retazo de ternura.
Libros que hacen pensar y que emocionan, que nos impulsan a ser "buena gente", a sentir compasión, a trabajar por un mundo más justo. Libros que enseñan y que dignifican.
Tal vez Miguel Delibes no haya dejado escrito su epitafio, por eso me permito recoger hoy aquí uno de los deseos que manifestó en vida: "Espero que Cristo cumpla su palabra".
Conociendo la personalidad del escritor, estoy segura de que se ha cumplido.

sábado, 6 de marzo de 2010

LIBROS E IDEOLOGÍA II

Al margen de los libros dedicados al análisis o difusión de una determinada ideología, existen otros textos: novelas, cuentos, poemas... en los que la ideología del autor también aparece impregnándolo prácticamente todo.
En el caso de un cuento o una novela, desde la descripción de los personajes, hasta los detalles más significativos del argumento.
Léase, por ejemplo, la novela El corazón helado de Almudena Grandes. En el caso de un libro de poemas, Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena de Pablo Neruda, podría servirnos como ejemplo. El título ya resume la forma de pensar y sentir del autor.
Centrándonos en la novela, vuelvo a Rafael Chirbes. En su ensayo El novelista perplejo afirma lo siguiente: "Un novelista nos entrega con su obra su propia radiografía".
Sin embargo, la experiencia como lectores nos dice que, en dicha radiografía, las ideas políticas o religiosas, unas veces se advierten y otras no. Veamos algunas de las primeras.
Además de El corazón helado, escrita desde planteamientos de izquierda, se me ocurren dos novelas que he leído hace poco, en las que los personajes principales no son sino la representación idealizada de una ideología. Se trata de Howard Roark, protagonista de El manantial, y de Kira, que protagoniza Los que vivimos. Ambas novelas pertenecen a Ayn Rand, escritora que nació en Rusia en 1905 y murió en EEUU en 1982.
Tanto Los que vivimos como El manantial, suponen un canto a la libertad humana. Los personajes principales, modelos perfectos de la vivencia de esa libertad, no resultan creíbles. La autora los utiliza para hacernos llegar, de manera impactante, su concepción del mundo: liberalismo, individualismo, fidelidad total a las propias ideas, afirmación del yo y rechazo a la religión que implica sometimiento.
Por el contrario, los personajes restantes, perfectamente dibujados, los encontramos en cualquier vecindad; más aún, con sus defectos y sus virtudes, podemos reconocernos en ellos.
Leo en Internet, en una de las varias reseñas sobre Ayn Rand, que esta autora defiende el capitalismo. no lo entiendo yo así. En El manantial, libro de gran actualidad por los temas que toca: sistema educativo alienante, prensa basura, organizaciones caritativas perversas, construcciones chapuceras, influencia nociva de la publicidad sobre las masas, importancia del éxito social, de "hacerse un nombre" para ser aceptado, ausencia de principios morales, etc., la crítica del sistema capitalista me parece feroz.
Los libros de Ayn Rand no se han reeditado en España. Será porque la libertad no vende en nuestro país demasiado.

martes, 2 de marzo de 2010

LA TRIBU ENTERA

Me dicen que exagero al hablar de la LOGSE. El problema es que la persona que hace ese comentario no ejerce la profesión docente.
Llevo un mes tratando de que aprendan algo sobre Prehistoria en 1º de ESO. Hemos hecho resúmenes, multitud de ejercicios, asistido a la proyección del excelente documental La odisea de la especie, comentado murales y analizado esquemas. Como me interesaba que, al menos, retuviesen ciertos aspectos fundamentales que sirvan de base a la Historia posterior, les dije las preguntas que pensaba poner en el examen. Más aún, escribí en la pizarra las respuestas a dos de ellas. Sobre las otras dos, expliqué cómo podían responderlas en casa, valiéndose del material utilizado (eran cuatro preguntas).
Acabo de corregir los cuarenta exámenes, que corresponden a dos primeros. Han aprobado siete.
Afirma José Antonio Marina, recogiendo un antiguo proverbio africano, que "Para educar a un niño es necesaria la tribu entera". Quizá la LOGSE y sus derivaciones posteriores no sean sino el reflejo del estado general de la tribu.
Mientras corregía los exámenes, pensaba en las circunstancias, características y argumentaciones de cada uno de sus autores. Algunos ya se habían justificado diciendo que no les interesaban las cosas tan antiguas. Otros, que era más divertido jugar a la play que estudiar. Los más, ni se plantean abrir un libro, son repetidores y pasarán de curso hagan lo que hagan.
Salvador Cardús en su obra El desconcierto de la educación ahonda en la reflexión de Marina: "Los jóvenes están hechos a imagen y semejanza de los adultos. Todo lo que consumen y los comportamientos que adoptan son los adultos quienes lo han pensado, diseñado, fabricado, anunciado, distribuído y cobrado". Y añade: "Educar debe ser una invitacióna inventar nuevos comportamientos que produzcan una inversión de valores, en la cual el deseo de bienestar material sea sustituido por el de mayor dignidad personal, cultural y moral".
Lo dicho anteriormente: "La tribu entera".