viernes, 29 de octubre de 2010

Miguel Hernández


Se cumplen los cien años del nacimiento de Miguel Hernández el 30 de este octubre largo y plano (yo lo estoy viendo así), y entre peleas varias de parientes y de administraciones, van llegando sus versos a nosotros con el bagaje de las tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida.

La del amor:
Querer, querer, querer,
Ésa fue mi corona.
Ésa es.

La de la muerte:

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
…………………………………
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

La de la vida:

Sonreír con la alegre tristeza del olivo.
Esperar. No cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos. Doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad del ser vivo.

Aquellos que no conozcan los versos del poeta de Orihuela, tienen ahora la oportunidad de acercarse a la esencia de un hombre transparente.
Su epopeya vital, desde las cotidianas labores de la tierra y el cuido del ganado, que impregnan buena parte de su obra; para seguir andando después por un camino de amigos y lecturas en busca de la perfección del verso, hasta darse de bruces con la guerra y la muerte, está henchida de amor.

Miguel ama la vida en su conjunto:

Amor, tu bóveda arriba
y yo abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.

Y a la luz de estas ansias, Miguel Hernández busca, indaga, se rebela, se enamora, se entrega hasta el extremo y convierte en sujeto de sus versos a la soñada esposa:

Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa, yo soy el mediodía.

Al amigo perdido:

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


Al hijo hambriento:

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.


Lo grande y lo pequeño, lo sublime y también lo mezquino; la mayor de las heroicidades y la más oscura de las infamias se entrecruzan, como en la vida misma, en los vibrantes versos del poeta y en sus obras en prosa.
Termino este breve homenaje al hombre bueno, muerto tan prematuramente, con algunas de las palabras que escribe a Vicente Aleixandre al dedicarle Viento del pueblo:

Los poetas somos viento del pueblo; nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas.
…………………………………………………………………………………..
El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo.


Ojalá sea así y las cumbres que Miguel vislumbraba estén, con ayuda de la poesía, cada vez más cercanas a nosotros.

3 comentarios:

  1. ¡Ojalá! Somos viento que pasa flotando en este teatro surrealista que es la vida.
    Me encanta tu artículo.
    Un beso!

    ResponderEliminar
  2. Efectivamente, la vida es un teatro surrealista...
    Precioso artículo, Mª José

    ResponderEliminar
  3. Al amigo NO perdido:


    A las aladas almas de las rosas
    del almendro de nata te requiero,
    que tenemos que hablar de muchas cosas,
    compañero del alma, compañero.

    ResponderEliminar