martes, 24 de agosto de 2010

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS


Tras la lectura de Pura alegría, era obligado buscar en otra obra de Muñoz Molina, esta vez de ficción, las características que él atribuye a la buena literatura.
Elegí La noche de los tiempos por su extensión (958 páginas) y porque hablar de la II República y de la Guerra Civil requiere unas dosis de alejamiento y ecuanimidad poco habituales en el panorama literario.
La noche de los tiempos es, sobre todo, una novela de amor.
Como eje central está el amor apasionado que surge de manera espontánea entre Ignacio Abel y Judith Biely. Pero también hay otros amores: el del padre albañil que trabaja hasta la extenuación para pagar los estudios del hijo, el de Don Juan Negrín por la idea de España que moldea en su mente, el del profesor Rossman por su hija y su concepto de la arquitectura, el callado y reprimido de Adela por Ignacio, el de Lita, el de Moreno Villa, el...
Quizá el que menos ama, si por amor entendemos entrega, sea Ignacio Abel y en la connotación del apellido, Muñoz Molina incluye una disculpa.
A un lado de la escena, igual que el tramoyista preocupado porque nada le falte ni sobre al escenario, Muñoz Molina, con ese estilo denso y excelente sintaxis que le caracteriza, despliega ante los ojos del lector una especie de tapiz cuidadosamente tejido, en el que las historias individuales se anudan con firmeza unas a otras sin dejar cabos sueltos; consiguiendo, no obstante, gracias a la precisa descripción de paisajes, personajes y ambientes, que la imaginación recreé los acontecimientos sucedidos y los proyecte hacia atrás y hacia delante, buscando causas, consecuencias o equiparándolos con hechos actuales.
Por el libro desfilan multitud de figuras históricas. Junto a los citados Moreno Villa y Negrín, encontramos también a Bergamín, Alberti, Azaña, García Lorca, Juan Ramón Jiménez., Zenobia, Mª Teresa León... tan vivos, tan creíbles, que apetece buscar las biografías de los más olvidados para saber lo que ocurrió después, cuando empezó a matar sólo uno de los bandos.
Insisto en que es un libro denso que ha requerido, además de talento, una extensa documentación que hace más consistente la urdimbre del tapiz: titulares de distintos periódicos, propaganda de muy variada índole, música, cine, pintura, fiestas populares (no parece que a Muñoz Molina le seduzcan los toros), comidas, costumbres, lugares y gentes.
La tradición literaria, ésa que contribuye a conectarnos con el orden del mundo, nos conduce a Platón y a su Caverna en la forma de ser de Ignacio Abel, a la Biblia en el nombre y la disculpa, al análisis serio y riguroso de lo acaecido en la trilogía La forja de un rebelde de Arturo Barea, a la ácida crítica de Larra en Vuelva Ud. mañana, a la descripción pausada y cuidadosa de Galdos en los Episodios Nacionales, al horror que descubre la mirada de Goya, a la amargura nostálgica por lo que pudo ser y no fue de Max Aub; a la evocación del tiempo, al que el autor dedica, además de la idea de la obra en general, páginas muy concretas, de Marcel Proust.
A quien no logro distinguir es a Faulker, considerado por Muñoz Molina, según Pura alegría, uno de sus maestros. Tal vez esto suceda porque el nombre de Abel y sus connotaciones impregnan todo el libro.

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