lunes, 14 de agosto de 2017

EL BAILE DE LAS LUCIÉRNAGAS

Repaso en mi memoria las muchas reseñas que he realizado en Opticks de libros que me han parecido bastante flojos y advierto que buena parte de ellos los elegí porque había leído uno anterior del autor o autora al que otorgué la calificación de excelente o por lo menos entretenido.
Es lo que acaba de ocurrirme con El baile de las luciérnagas de la escritora estadounidense Kristin Hannah autora del best seller El ruiseñor.
Recuerdo que El ruiseñor, a pesar de su elevado número de páginas y de lo embrollado en ocasiones del argumento, me pareció bien escrito y con un argumento que interesaba e instruía a la vez, aunque se tratase de una historia más con la 2ª Guerra Mundial como telón de fondo, pero destacaba el papel que jugaron las mujeres en la misma poniendo a dos de ellas, muy diferentes entre sí, como protagonistas.
En El baile de las luciérnagas también las protagonistas son dos mujeres, Tully Hart y Kate Mularkey, y también son muy diferentes entre sí. Tully, de madre hippie y padre desconocido, vive con sus abuelos y las circunstancias de la vida la han convertido en una adolescente independiente que llama la atención por su forma de ser y de vestir. Kate, en cambio, con gafas de culo de vaso y aparato en los dientes, pertenece a una familia tradicional, tiene un padre que trabaja muchas horas, una madre ama de casa y un hermano pequeño.
El encuentro en el mismo colegio de las dos chicas y una serie de vicisitudes que afectan a Tully hace que se conviertan en amigas, y todo lo que acontece en el trascurso de esa amistad: entrada en el mundo adulto, estudios, trabajo, amores, hijos, enfermedades, etc. constituye el engranaje de la obra.
Kristin Hannah dedica El baile de las luciérnagas a “nosotras, las chicas”. Creo que con esa dedicatoria el libro queda definido.
 

 

 

 

 

miércoles, 9 de agosto de 2017

EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

El pasado febrero se cumplieron cien años del nacimiento de Carson McCullers (Columbus, Georgia 1917) y el próximo septiembre hará cincuenta años que murió (Nueva York 1967).
Estas dos fechas me han llevado a elegir para mi próximo comentario en Opticks una novela de la escritora estadounidense, se titula El corazón es un cazador solitario y el ejemplar que acabo de leer lo ha prologado  Elvira Lindo.
Aunque no se nombra, la novela, que se publicó en 1940, está ambientada en el estado de Georgia, así que muchas de las cuestiones que aparecen en ella parten de vivencias de la propia autora, por ejemplo, el racismo o el paso de una sociedad agrícola a una industrial, con la miseria de los obreros como telón de fondo y la soledad de aquellos que no encuentran su sitio ni nadie con quien compartir sus inquietudes.
En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos. Así inicia Carson MacCullers El corazón es un cazador solitario situando como personaje central de la obra a un sordomudo, John Singer.
John Singer es una figura extraña, trabaja como ayudante de joyero y vive con un griego, Antonapoulous, también sordomudo al que idealiza, a pesar de sus muchos defectos, y por el que siente un amor especial.
La vida cambia para Singer cuando su amigo, aquejado de frecuentes ataques de locura, es ingresado en un sanatorio psiquiátrico, entonces abandona la casa que compartían, alquila una habitación en la pensión que regenta el señor Kelly y se convierte en un parroquiano asiduo del café Nueva York propiedad de Biff Brannon.
Digo que John es una figura extraña porque aglutina a su alrededor al resto de personajes principales: el citado Biff, la hija adolescente del señor Kelly, Mick, una jovencita que ama la música de tal manera que es capaz de albergar los sonidos en su cabeza y componer melodías que sueña con interpretar en un piano que se compraría si alguna vez tuviese dinero.
Junto a los anteriores está Jake Blount, otro asiduo al café Nueva York, colérico y borracho, pretende agitar a los trabajadores de las hilanderas explicándoles ideas marxistas y se indigna ante el nulo interés que muestran.
Con parecido afán se mueve el doctor Copeland, un hombre negro enfermo de tuberculosis que ayuda a los suyos todo lo que puede e intenta que superen con formación y estudios el lugar miserable en la escala social que les han asignado los blancos. Tampoco él obtiene los resultados que le gustaría en lo que considera su misión. 
Estas cuatro personas valoran tanto al sordomudo que su sola presencia, su mirada inteligente y las pocas palabras que a veces les escribe en una hoja les basta para sentirse comprendidos.
Todos los personajes señalados y otros muchos que aparecen en menos ocasiones pero cuyo retrato lo realiza la autora con profundidad y agudeza convirtiéndolos en inolvidables, se relacionan en el mismo entorno: un barrio marginal que nació alrededor de las nuevas industrias.
Considerada una obra maestra, El corazón es un cazador solitario, ha sido estudiada en profundidad por la crítica, así que los comentarios al respecto que podemos hallar en Internet son numerosos.
Como simple lectora yo quiero destacar el retrato que la autora realiza de cada uno de los personajes, desde su aspecto físico a sus más escondidos deseos: la habitación interior de Mick, la sortija de Biff, la furiosa frustración del doctor…
Junto a los deseos, las dudas, la vulnerabilidad, las múltiples carencias, y todo ello sin ninguna acritud, destacando siempre que en el entorno más hostil es posible encontrar bondad y ternura.
 

 

 

 

 

domingo, 30 de julio de 2017

LA VIDA ENTERA

He leído varios libros del escritor israelí pacifista y no nacionalista Amos Oz, pero hasta esta semana no había leído nada de su amigo David Grossman con el que comparte profesión e ideas.
Fue a raíz de la obtención por David Grossman del premio Man Booker Internacional, para el que también estaba nominado Amos Oz, cuando tuve la curiosidad por conocer la forma de escribir del premiado y elegí una de sus obras más aclamadas por la crítica, se titula La vida entera y tiene ochocientas siete páginas de las que ninguna te deja indiferente.
La vida entera se inicia con tres adolescentes, Ora, Abram e Ila, ingresados en un hospital de enfermos contagiosos y atendidos por una joven enfermera árabe. En ese hospital, en el que la oscuridad resulta obligatoria, se oye a la enfermera llorar en la distancia. Tal vez llanto y oscuridad simbolicen las guerras que han enfrentado a Israel con sus vecinos árabes. En su retiro obligado, los adolescentes, en especial Ora y Abram, comparten vivencias y temores.
Pasan los años y La vida entera se convierte en la extraordinaria descripción de los sentimientos de una mujer, Ora, narrados por un hombre, David Grossman.
Ora es adulta y acompaña a su hijo Ofer a incorporarse a una unidad militar encargada de la defensa en los territorios ocupados. Viajan en el taxi de Sami, un árabe amigo de la familia que desconocía el destino del muchacho hasta que le vio bajar la escalera con el uniforme y el arma y comprendió que Ora le estaba pidiendo que aumentara  su modesta contribución a favor de la lucha de Israel.
Ofer ha terminado ya el servicio militar obligatorio y ha prometido a su madre que le acompañará en un recorrido a pie por Galilea. Sin embargo, cuando ya lo han preparado todo, decide alistarse de nuevo.
De regreso a su casa, Ora opta por hacer la excursión programada, se obliga a abandonar la vivienda; piensa que si vienen a decirle que su hijo ha muerto en combate y no la encuentran, la tragedia no se producirá.
Empieza así un recorrido por la región al que consigue arrastrar a Abram. Poco a poco nos enteramos de que el matrimonio de Ila con Ora se ha roto; que Ila se ha marchado a Sudamérica con su hijo mayor, Adam, y que Ofer, educado también por él como un hijo, no es suyo sino de Abram. Igualmente sabemos que Abram fue hecho prisionero y torturado salvajemente por los egipcios y que, tras ser rescatado, Ora e Ila se turnaron para cuidarle porque la especial relación que establecieron de adolescentes sigue intacta.
Abram y Ora caminan juntos por Galilea. La mujer habla y habla del pasado, de Ila, de Adam y de Ofer desde que ella se quedó embarazada hasta el momento actual en el que no quiere aceptar que puede haberles perdido. Es una larga reflexión consigo misma y con el hombre que siempre la quiso, que nunca se recuperó interiormente de las torturas y al que no ha visto en mucho tiempo. Ora cree que si no deja de nombrar a Ofer, éste no morirá.
La vida entera de los protagonistas principales de la narración desfila ante los ojos del lector dejando un poso de desesperanza. El conflicto con los palestinos, aunque sólo se nombre de pasada, está presente en detalles que impactan, que te hacen comprender que el dolor es común en las gentes de buena voluntad de ambas partes y que unos y otros son a la vez víctimas y verdugos.
La vida entera de David Grossman es una obra maestra por lo simbólico del contenido, la tensión emocional que hay en sus páginas, la belleza de las descripciones, la sutil forma de expresar el horror y la angustia, la ausencia de final (nadie sabe cómo va a acabar esto), el estudio psicológico de cada uno de los personajes principales o no; el amor sin medida de una mujer, de una madre que duda y se pregunta.
Cuando David Grossman había casi acabado La vida entera, su hijo Uri murió en la guerra contra el grupo libanés chií Hizbula: Empecé a escribir esta novela en mayo de 2003, seis meses antes de que mi hijo Uri se enrolara en el ejército. Él lo sabía todo del libro… Por aquel entonces yo tenía la sensación de que, escribiendo, de alguna manera, salvaba a mi hijo de la muerte.
No pudo ser. Uri había cumplido 20 años. Una razón más para que La vida entera  sobrecoja.

 

lunes, 24 de julio de 2017

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR

Aunque coincido con Haruki Murakami en que las enfermedades limitan bastante en el momento de escribir cualquier cosa, aprovecho el tiempo extra que el malestar me otorga para comentar el libro que acabo de leer del escritor japonés que se titula De qué hablo cuando hablo de escribir.
De Murakami he leído varias novelas y dos ensayos, el citado y De qué hablo cuando hablo de correr. Ambos ensayos parecen estar escritos desde la sinceridad más absoluta. En el primero, del que ya hice una reseña en Opticks, nos explica, junto con otros muchos detalles de su vida, la importancia que tiene para él el hecho de correr a diario.
En el segundo, repite algunos de esos detalles, insistiendo en este caso como es lógico en todos aquellos que se relacionan con la escritura: acontecimientos que le llevaron a ser escritor, horario y sistema que utiliza, originalidad, cómo afrontar la escritura de una novela larga, primeros pasos en el mundo editorial, primeros libros, destinatarios de los mismos, relaciones con los críticos, etc.
Todo ello nos muestra en principio a un gran lector y después a una persona solitaria, perfeccionista y meticulosa, que reflexiona y analiza mucho, pero que también deja espacio al azar y a la improvisación, extrayendo de su cerebro fragmentos de informaciones archivadas en compartimientos distintos a lo largo de un tiempo; informaciones que va combinando cuando decide iniciar una obra. A esas acciones automáticas, incluso, les ha dado un nombre: otoma-kobito.
En repetidas ocasiones he leído que Haruki Murakami no es demasiado apreciado por la crítica de su país, se le acusa de “occidentalizado”. En el libro se refiere a las acusaciones sin ninguna acritud. Reconoce que muchas de sus obras han sido mal acogidas por la crítica, el éxito de ventas es otra cosa. Mantiene que en Japón quien hace algo distinto a los demás genera de inmediato una reacción de rechazo porque allí impera una cultura según la cual, para lo bueno y para lo malo, la armonía constituye uno de los valores supremos.
Esa forma de ser y de pensar condiciona también el sistema educativo japonés en el que se formó, cuya intención Haruki Murakami cree que era convertirnos a todos en ovejas para que la totalidad del grupo resultara fácil de pastorear. Opinando esto es lógico que Murakami no guarde un buen recuerdo de su etapa escolar y universitaria, que aún evoca con un escalofrío, a pesar de que sus padres eran profesores y que la superó sin problemas.
Pese a las críticas que vierte en su libro, Haruki Murakami no se muestra como alguien resentido y dogmático, sus opiniones nacen de una larga y solitaria reflexión basada en la experiencia, pero entiende que  pueda verse la realidad de manera distinta y considerarse que está equivocado.
En la contraportada del libro se afirma que De qué hablo cuando hablo de escribir es un texto cercano, lleno de frescura, delicioso y personalísimo y que gracias a él descubriremos cómo es Haruki Murakami. Estoy de acuerdo y me permito añadir que a la vez podremos comprobar, no sin cierta sorpresa, lo diferente que parece autor de este ensayo del ser humano que imaginamos mientras vamos leyendo sus novelas.
 

miércoles, 12 de julio de 2017

LA BIBLIOTECARIA DE AUSCHWITZ

Tras la muy favorable impresión que me causó la lectura de A cielo abierto de Antonio Iturbe, busqué algún otro libro de este autor para comprobar si esa favorable impresión continuaba.
El elegido fue La bibliotecaria de Auschwitz y el autor humanista amante de los libros que escribiera A cielo abierto se hizo otra vez presente en medio del horror de uno de los mayores campos de exterminio que idearon los nazis.
Antonio Iturbe explica que fue en La biblioteca de noche, documentada obra de Alberto Manguel, donde encontró la referencia a un barracón en Auschwitz que albergaba la biblioteca más diminuta de la historia.
A partir de ahí inició una investigación que le condujo a la  República Checa, a Polonia y a Israel, país en el que pudo entrevistarse con la que sería después protagonista de su libro, Dita Kraus.
La abundante información obtenida dio lugar a que Antonio Iturbe optase por escribir una novela y no el reportaje que había pensado primero.
Surgió así La bibliotecaria de Auschwitz, relato en el que el escritor mezcla la ficción con la realidad con tal perfección que hasta los personajes ficticios  que integran la historia parecen reales.
Dita Kraus, en el libro Dita Adlerova, es una niña de 13 años ingresada junto con sus padres en Auschwitz. La familia llegó al campo procedente del gueto de Terezín, ciudad amurallada a pocos kilómetros de Praga en la que los nazis encerraron, tras expulsarlos de la capital, a varios miles de judíos checos, entre ellos al joven deportista Fredy Hirsch.
En Auschwitz Fredy Hirsch consigue que los nazis le cedan el barracón 31 para organizar actividades lúdicas con los niños, que no incluyen libros, prohibidos en el campo, sólo canciones, juegos, manualidades y pasatiempos de esa clase. Todo bastante complicado de realizar porque no cuentan prácticamente con materiales de ningún tipo y el hambre, la suciedad y la muerte son sus habituales compañeros.
Pese a la prohibición de los libros, Hirsch consigue hacerse con ocho de lo más variado, de entre los muchos que se arrebataban a los judíos que eran gaseados nada más llegar, y Dita se convierte en la encargada de custodiarlos y esconderlos en los continuos registros y demás ocasiones de peligro.
La descripción de la vida en el campo es en bastantes páginas espeluznante. Antonio Iturbe no se recrea en el horror pero tampoco pasa de puntillas sobre él: los hornos crematorios, las torturas, la mezquindad y la envidia entre los mismos presos, los experimentos de Mengele…
Lo que ocurre es que al lado de ese horror inexplicable, el escritor aragonés muestra otras situaciones en las que priman la solidaridad, la valentía, la amistad, la esperanza y el amor por los demás y por los libros. Unos libros que Dita lee a escondidas cuando se los devuelven, comparando sus vivencias con las de los protagonistas de las distintas narraciones: La montaña mágica de Thomas Mann, La ciudadela de J. A. Cronin, Las aventuras del bravo soldado Svjk de Jaroslav Hasek, etc.
En resumen, La bibliotecaria de Auschwitz de Antonio Iturbe es una obra imprescindible para aquellas personas amantes de los libros que desean saber y que se hacen preguntas porque para ellas nunca será ajeno nada de lo humano.

martes, 4 de julio de 2017

PERDÓN

Empiezo las reseñas del mes de julio con una novela de Ida Hegazi Hoyer, escritora noruega hasta hoy desconocida para mí. Se titula Perdón y su argumento está entre lo sorprendente y lo inquietante.
Leo en la contraportada del libro que Ida Hegazi Hoyer, considerada como una de las mejores escritoras de Noruega, obtuvo por Perdón el Premio de Literatura de la Unión Europea.
Con estos brillantes antecedentes no sorprende que Ida Hegazi Hoyer comience su relato por el final de la historia que nos cuenta en él. Así logra poner en guardia al lector que asistirá de sorpresa en sorpresa al desarrollo de la relación amorosa que se establece entre dos personas: una impulsiva y confiada veinteañera y un joven algo mayor que reúne todas las cualidades que ella desea en el hombre ideal.
Con un estilo ágil, merced a la utilización de frases cortas y directas, la autora despliega ante nosotros la vida de los jóvenes: estudios, trabajo, amistades, proyectos…, que enseguida deciden vivir juntos y hacen planes de boda, todo ello en el contexto de un idilio perfecto en apariencia.
Luego, de forma progresiva, ese idilio se va complicando. Hay secretos que salen a la luz, situaciones que dan lugar a equívocos y provocan que para la mujer nada termine por ser lo que parece. Sin embargo, el amor que siente por el hombre se impone, intenta comprender, curar viejas heridas que vienen del pasado, perdonar.
Poco más se puede decir de Perdón sin estropear a los lectores el placer que puede producirles su lectura.
Sólo añadir que está escrito en primera persona por la protagonista; que  los distintos ambientes en los que se desarrolla el relato se describen aportando detalles que contribuyen a crear una atmósfera en ocasiones desasosegante y que la explicación psicológica de los hechos narrados y sus consecuencias se ajusta a lo real, lo que añade a esta novela de Ida Hegazi Hoyer un especial interés.
Por todo lo anterior y por lo que cada uno pueda descubrir en el libro, considero que Perdón es una obra muy recomendable que se lee en poco tiempo, sólo tiene 242 páginas, atrapa de principio a fin y nos permite conocer autores valorados en otras latitudes y las tendencias literarias más apreciadas en ellas.

 

 

 

domingo, 25 de junio de 2017

A CIELO ABIERTO

Tras la veraniega e intrascendente recomendación de la pasada semana, recupero la cordura literaria trayendo a Opticks un libro que también se lee con facilidad, pero que el “poso” que deja en el lector tiene la suficiente entidad para que la historia que se nos cuenta en él resulte inolvidable.
Se trata de A cielo abierto, ha obtenido el Premio Biblioteca Breve 2017 y lo ha escrito Antonio Iturbe.
Aunque conozco a bastantes autores que han obtenido el prestigioso Premio Biblioteca Breve, incluso algunos de ellos como Juan Bonilla y Clara Usón fueron entrevistados en Opticks, Antonio Iturbe era para mí hasta ahora un desconocido. Así que ha supuesto una grata sorpresa encontrar a un autor humanista que destaca en su libro las cualidades de personas con altos ideales, quizá utópicas, ¡bendita utopía!, pero que logran elevarte sobre el nivel de ramplonería y egoísmo que prevalece en estos tiempos.
A cielo abierto es una obra de 624 páginas que se lee en un soplo porque está escrita de tal forma que mantiene el interés del lector de principio a fin. Trata sobre todo de tres hombres: Jean Mermoz, Henri Guillaumet y Antoine de Saint-Exupéry que contribuyeron de manera notable al desarrollo de la aviación en la Francia de los años 20 y cuyas vidas  presenta Antonio Iturbe en capítulos alternativos.
Los tres fueron los mejores pilotos en Latécoère, después Compañía General Aeropostale, más tarde Air France, y abrieron las primeras rutas para llevar el correo de Europa hacia África y posteriormente a Sudamérica.
Al coincidir en la misma Compañía y compartir pericia, genialidad y entusiasmo, se hicieron amigos, mantuvieron el contacto y se apoyaron en todo momento, a pesar de que sus caracteres eran muy diferentes. En esta cuestión A cielo abierto es una novela psicológica, ya que profundiza en la personalidad de cada personaje y los hace cercanos sin ocultar sus luces y sus sombras.
A cielo abierto es también una novela de aventuras. Era lógico dadas las características de los protagonistas principales y el trabajo que han de realizar. Los Andes se convierten en una trampa mortal para Mermoz y para Guillaumet en dos ocasiones distintas. Una trampa que ambos consiguen esquivar, soportando las muchas penalidades que esa inmensa cordillera les provoca a base de tesón, creatividad y fe en el proyecto del que forman parte.
Algo parecido sucede con el desierto del Sahara en el caso de Sain-Exupéry. El esfuerzo continuado para cumplir con los objetivos que ellos mismos se fijan, unidos a los que les plantea su jefe, Didier Daurat, otro personaje memorable, se convierte en el argumento principal de la novela que Saint-Exupéry escribió en 1933 y que tituló Tierra de hombres.
Novela psicológica, novela de aventuras y novela de amor. De nuevo aquí la personalidad de los tres pilotos determina sus relaciones amorosas. Saint-Exupéry es un romántico sentimental que necesita sentirse querido y busca en la mujer el ideal que ha forjado. Mermoz es insaciable, desmesurado en todo, desde los afectos hasta la vivencia de su vocación de volar en libertad más lejos, cada vez más lejos. Guillaumet parece ser el más sensato de los tres, lo que le lleva a ser también el más estable en el momento que conoce a la persona adecuada para compartir su azarosa existencia.
Mermoz, Guillaumet y Saint-Exupéry, tres héroes que al igual que otros muchos que han pasado a la historia porque lograron hacer realidad un sueño, murieron jóvenes realizando el trabajo que amaban. Mermoz a los 35 años, al desaparecer su avión en 1936 mientras llevaba el correo de Europa hacia Sudamérica. Guillaumet a los 39, cuando en 1940 el avión que pilotaba fue atacado por un caza italiano y derribado sobre el Mediterráneo. Saint-Exupéry a los 44, derribado en vuelo por un caza alemán en la isla de Riou en 1944.
Antonio Iturbe ha plasmado de forma admirable en A cielo abierto la vida de estos tres pioneros. Lo ha hecho relatando a la vez la historia de la aviación comercial en los albores del siglo XX. Pero no se ha fijado sólo en la gran epopeya que supuso, sino que ha ido mostrando por medio de pequeños sucesos y anécdotas la faceta humanista de los personajes; lo que a mí parecer da una idea clara de los valores e intereses del autor.