jueves, 6 de diciembre de 2018

CUANDO SALE LA RECLUSA

El pasado 19 de octubre se entregaron en Oviedo los Premios Princesa de Asturias. Entre los premiados, en este caso con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, como ya indiqué el 8 de junio en la reseña de Tiempos de hielo, estaba la escritora francesa Fréderique Audoin-Rouzeau, autora de dicho libro, que firma sus obras con el seudónimo de Fred Vargas.
Los periodistas dicen de Fred Vargas, refiriéndose a su carácter, que es una persona tímida, que jamás firma autógrafos y huye de las entrevistas y de cualquier clase de exposición pública.
Quizá por esa razón, en una emotiva carta de agradecimiento, excusó su asistencia a la entrega de los Premios alegando motivos de salud. Lo que le supuso dejar de recibir los 50.000 euros y la escultura de Joan Miró que obtienen los galardonados, ya que en las bases se indica que la presencia de éstos en el acto de entrega es obligatoria.
Ese carácter retraído e introspectivo lo encontramos en muchos de los personajes que aparecen en las novelas policiacas que escribe esta autora, género que, por otro lado, afirma comenzó a cultivar por diversión y para descansar de su habitual trabajo como especialista en arqueología, zoología e historia.
Se me ocurre que el hecho de que Fred Vargas se divierta escribiendo sus novelas, ayuda a que todas sean distintas y vayan mejorando con cada nueva entrega.
Así me parecen geniales Huye rápido vete lejos (2001), Tiempos de hielo (2015) y la que hoy traigo a Opticks, última publicada, Cuando sale la reclusa (2017).
Por el contrario, no encuentro tan extraordinarias Los que van a morir te saludan, escrita en 1987 y El hombre de los círculos azules de 1991.
Como en entradas anteriores, 8 de junio y 25 de junio, he hablado ampliamente de las características de la escritora francesa, me centraré  en Cuando sale la reclusa, obra perteneciente a la serie que protagoniza el comisario Adamsberg ayudado por sus habituales compañeros en la comisaría: los comandantes Dangrard y Mordent, las tenientes Retancourt y Froissy, los también tenientes Mercadet, Veyrenc, Voisenet y Noël, el cabo Estalère, y algunos más que los lectores irán descubriendo, ya que se trata de un libro en el que conviven tres investigaciones diferentes y una gran cantidad de personajes.
La novela se inicia con el comisario Adamsberg en Islandia (allí se desarrolla una parte de Tiempos de hielo). Sentado en una roca de la escollera del puerto, contempla relajado a los marineros que regresan de la pesca. Acaba de perder el móvil sepultado en excrementos de oveja, lo que aprecia en su justo valor y le hace sentirse muy lejano de los 27 agentes de la Brigada Criminal del distrito 13 de París.
Perdido el móvil, es un marinero el que le avisa de que ha llegado un mensaje de la capital de Francia. En el mensaje se requiere su presencia para investigar el asesinato de una mujer que ha sido atropellada, quizá por su marido o quizá por su amante.  
Resuelto ese primer asesinato, llegan las noticias de dos muertes más, las de dos hombres de edad avanzada, infectados inexplicablemente al morderles una pequeña araña denominada reclusa.
Es en este caso en el que Fred Vargas despliega todo su talento como arqueóloga, narradora, historiadora, zoóloga y experta en recorrer los oscuros laberintos del alma humana.
Al igual que en las anteriores novelas que protagoniza, el comisario Adamsberg se deja guiar por su intuición para investigar la muerte de esos hombres, que él considera han sido asesinados, pero en su mente hay una especie de niebla que le impide dar a su equipo elementos sólidos en que apoyar la investigación.
Por otro lado, dos miembros del equipo, el comandante Danglard y la teniente Froissy, se ven afectados por cuestiones en las que el comisario también se verá obligado a intervenir.
Entre unas cosas y otras, la trama se complica con nuevas muertes y nuevas y horripilantes historias que nos presentan a reclusas que no son  precisamente arañas.
Tratándose de una novela del género negro, mejor es no seguir hablando sobre ella y que el lector descubra sus muchas y variadas cualidades.
Sí que puedo decir que en sus páginas va a encontrar ternura, humor, maestría en el desarrollo de la trama, angustia, compasión, rabia, compañerismo y hasta seducción.
De igual modo podrá obtener conocimientos de historia, arqueología y aracnología, por citar unos cuantos.    
Además, dejando a un lado los conocimientos y las cualidades que cada uno apreciará a su manera, Cuando sale la reclusa de Fred Vargas  permite, al sumergirse en un apasionante y extraordinario relato policiaco, alejar por un tiempo las preocupaciones habituales.

 

 

 

jueves, 29 de noviembre de 2018

MARATHON MAN

Hace algo más de una semana, el día 16, murió a los 87 años el novelista, guionista y dramaturgo estadounidense William Goldman.
Creo que a William Goldman se le conoce más en su faceta de guionista que en la de novelista o dramaturgo. ¿Qué aficionado al cine no recuerda Dos hombres y un destino, La princesa prometida o Todos los hombres del Presidente?
Sin embargo, hoy en Optick no voy a hablar de esas grandes películas, sino de una novela, Marathon Man, publicada en 1974.
Marathon Man, al igual que sucedió con su obra La princesa prometida, también originó una película, que protagonizaron Dustin Hoffman y Laurence Olivier, entre otros, y fue estrenada con el mismo título en 1976.
No he visto la película, por lo tanto no sé si el argumento se ajusta por completo a la novela. De ser así, mantendrá en vilo al espectador casi desde el principio.
Digo casi porque imagino que los primeros capítulos del libro adaptados al cine proporcionarán pistas sobre lo que va a suceder después. Pistas que permitan unir las tres historias con las que se inicia, en las que intervienen personajes que, en apariencia, no tienen entre ellos ninguna relación.
La primera historia presenta a dos ancianos, uno judío y otro alemán, circulando con sus respectivos coches por una calle de Manhattan. Ambos ancianos se enfrentan en un atasco y emprenden, encolerizado el uno con el otro, la desenfrenada carrera que los conducirá a la muerte.
En la segunda, conocemos a Babe (Thomas Babington Levy), un joven desgarbado, alto y flaco, licenciado en literatura en Oxford, que está preparando el doctorado, puede correr 15 millas sin fatiga alguna, sueña ser campeón de maratón; y soporta que se metan con él, por su aspecto desaliñado y enclenque, los vecinos del apartamento en el que vive en un barrio poco recomendable.
La tercera está protagonizada por Scylla, agente secreto estatal perteneciente a un grupo de élite denominado la División, al que atacan  una serie de personas que pretenden matarle en diversos momentos y escenarios.  
Poco a poco el ritmo del relato se hace más rápido. Scylla sale bien parado de los intentos de asesinato aludidos.
Babe sintoniza enseguida con el que desea dirija su tesis, el profesor Biesenthald, eminente historiador que le cuenta que admiraba a su padre del que fue buen amigo.
El padre de Babe, brillante e inteligente historiador como Biesenthald, se suicidó al ser acusado de comunista en la caza de brujas emprendida por el senador McCarthy y no poder soportar la presión social.
Para completar su, en apariencia buena racha, Babe conoce en la biblioteca de la facultad a una joven, Elsa, que al contrario de lo que le sucede habitualmente con las chicas, se muestra interesada por él.
Pero es a partir de la página 103, el libro tiene 266, cuando los acontecimientos se suceden de manera vertiginosa y Babe se convierte a su pesar en la principal víctima de una trama criminal que le desborda, y cuyo principal objetivo es hacerse con un número indeterminado de diamantes que pertenecieron a los judíos torturados y muertos en Auschwitz.
El personaje más siniestro en dicha trama es un dentista, Christian Szell, en la novela ayudante de Mengele, que regresará de Sudamérica, donde está escondido, con la intención de recuperar esos diamantes de la caja brindada de un banco de Nueva York, utilizando para ello los terroríficos métodos que perfeccionó en Auschwitz.
No digo más. La novela, que gana conforme te vas adentrando en sus páginas, además del suspense y del ritmo perfecto, tiene riquezas que el lector atento descubrirá con gusto.

Al mismo tiempo, su lectura podrá suponer un pequeño homenaje, en mi caso lo ha sido, al escritor que acaba de morir.

jueves, 22 de noviembre de 2018

NUESTRA CASA EN EL ÁRBOL

Hace bastante tiempo leí un libro de Lea Vélez, titulado El jardín de la memoria, que contenía el relato, como tema central, de la enfermedad y muerte de su marido. Era una obra bien escrita, poética y pedagógica, ya que explicaba los recursos que utilizó para poder vivir sin derrumbarse ese duro proceso, y que lo vivieran también sus hijas muy pequeñas entonces.
Nuestra casa en el árbol, libro que hoy traigo a Opticks, es, en apariencia, una prolongación de la historia que se inició con El jardín de la memoria, aunque creo que en este caso los contenidos inventados están por encima de los autobiográficos.
La protagonista de Nuestra casa en el árbol, Ana, viuda y con tres niños: Michael de seis años, Richard de cinco y María de cuatro, disgustada por los métodos que utilizan los maestros en el colegio de España al que asisten, decide instalarse en Inglaterra, concretamente en Hamble-le-Rice, pueblo pesquero del sur del país junto a la desembocadura del río Hamble. Allí hay una casa, Joiners House, que heredó de su marido y que antes fue taller de carpintería. La casa está rodeada de un jardín en el que existe un roble centenario. Ana convierte las instalaciones en un pequeño hotel y aprovecha el espacio que le permiten las ramas del árbol para construir sola una casa en el mismo.
Nuestra casa en el árbol tiene dos narradores: Richard, el hijo mediano, que inicia el relato ya adulto, y Ana, la madre que narra a través de sus diarios.
Querido Richard:
Te mando los diarios. Son tuyos. Te servirán para viajar al país de la infancia. No sé si recuerdas cierta charla que tuvimos. Os dije: «Niños, quiero que hagáis dos cosas importantes en la vida: la primera es que toméis nota de todo. La segunda, que elevéis la mirada, construyendo una casa en un árbol.
En la carta, Ana, justifica la construcción real no metafórica de la casa en el árbol:
Así, a simple vista, una madre viuda con tres hijos pequeños lo tenía todo en contra para afrontar semejante proyecto, pero la simple vista no ve lo que hay en los corazones. La simple vista es desconfiada. Yo nunca me miré con desconfianza. Había enterrado al amor de mi vida. Después de pasar por eso no había nada, nada en el mundo, que yo no fuese capaz de hacer.
El libro empieza así, con la carta que Ana escribe a Richard y que éste aporta a los lectores cuando, acompañado de sus hermanos Michael y María, regresa en una barca por el río para asistir a un funeral.
Poco a poco el joven nos traslada a su infancia en el momento en el que los tres niños llegan junto a la madre a la casa, se incorporan a un nuevo colegio, conocen e intiman con algunos vecinos y pretendientes de su madre, y, sobre todo, van recibiendo año tras año la educación y la instrucción que ella considera adecuada, en contraposición a la que imparte el colegio.
Por otro lado, Ana, en sus diarios relata estas cuestiones y otras, desde el punto de vista de una mujer sola que se enfrenta a la vida con determinación y la seguridad de contar con la presencia del esposo muerto, y de que el amor que los unió y que siente por sus hijos le ayudará a vencer cualquier obstáculo.
He leído en Internet que Lea Vélez es una persona superdotada. Quizá por eso el hijo mayor de Ana, Michael, en el relato también lo es, lo que contribuye a su nula adaptación a los métodos colegiales, a las preguntas que hace a su madre, a las respuestas de ésta y al sistema que utiliza en la educación e instrucción de los tres hermanos, por ejemplo, poniendo a su alcance películas de calidad, aunque en ellas exista violencia, sexo o cualquiera de las cuestiones que no se consideran adecuadas para niños tan pequeños.
En resumen, aun reconociendo que el contenido de Nuestra casa en el árbol proporciona orientaciones para educar e instruir de una determinada forma y que, al igual que El jardín de la memoria, está bien escrito, si he de elegir entre las dos obras de Lea Vélez que conozco, sin ninguna duda elijo la primera que leí, mucho menos pedagógica pero mucho más auténtica.
 

 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

LA SOCIEDAD LITERARIA Y EL PASTEL DE PIEL DE PATATA DE GUERNSEY

Siempre me resulta entretenido y hasta didáctico comparar algunos de los libros que leo y su versión en el cine.  
Es lo que acabo de hacer con la película La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, que ha dirigido Mike Newell, y la novela del mismo título escrita por Mary Ann-Shaffer y Annie Barrows.
En este caso, al contrario de lo que me sucedió con La librería, considero mejor el libro que la película.
En uno de los capítulos, respondiendo a la carta de Juliet, la escritora y principal protagonista, Sydney, su editor, le dice: He leído tus capítulos varias veces, y tienes razón, no funcionará. Una sucesión de anécdotas no hace un libro.
Ésa fue mi impresión al comparar ambas versiones, la película me quedó reducida a una colección de anécdotas.
La historia que narran las dos escritoras inglesas, por cierto, tía y sobrina, está apoyada en hechos reales acaecidos durante la segunda guerra mundial, concretamente en 1940 cuando las islas del Canal de la Mancha fueron ocupadas por la Alemania nazi.
Poco antes, en previsión de lo que iba a suceder, Inglaterra ofrece a sus habitantes la posibilidad de ser evacuados, lo que ocurrió con 5.000 niños y algunos adultos.
Hitler ordenó a los oficiales que mandaban las tropas de ocupación que las islas fuesen protegidas con toda clase de fortificaciones, cuya construcción se encargó a la Organización Todt, que utilizaba en sus obras trabajadores esclavos, muchos de ellos judíos.
Los alemanes permanecieron en las islas hasta mayo de 1945. Una buena parte de lo sucedido durante ese tiempo se recoge en la narración.
 
La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey es una novela epistolar. La primera carta, fechada en Londres el 8 de enero de 1946, la dirige Juliet Ashton, famosa autora gracias al éxito que obtuvieron las columnas de toque humorístico que publicaba en un periódico mientras duró la guerra, recogidas después en un libro, al editor de ese libro, Sydney Stark.
En ella, además de hablarle de las dificultades con las que se enfrentan los londinenses a la hora de obtener comida en una ciudad devastada por los bombardeos, le expone su propia dificultad para encontrar un tema que le permita escribir una nueva obra.
En cartas posteriores a otras personas descubrimos que Juliet tampoco encuentra la pareja adecuada.
Así llegamos al 12 de enero de 1946 cuando Juliet recibe la carta de Dawsey Adams desde Guernsey, islas del Canal, contándole que ha llegado a sus manos un libro, Ensayos escogidos de Elia, de Charles Lamb, un autor que le encanta, con su nombre y dirección en la cubierta; lo que aprovecha para pedir le envíe, si es posible, la dirección de alguna librería de Londres a la que demandar otros libros de Lamb.
Se inicia de ese modo una correspondencia en la que participan progresivamente una gran variedad de personajes: pintorescos, malvados, entrañables, profundos, atormentados, presuntuosos, tímidos… Es decir, un conjunto de seres humanos caracterizados por lo que escriben y hasta por lo que leen y sus opiniones al respecto. Junto a los personajes, destacan de igual modo las detalladas descripciones de paisajes y ambientes.
Todo el libro, desde la referencia a las columnas periodísticas que hacen más leve la agonía de la guerra, hasta las lecturas de los miembros de La sociedad literaria y el pastel de piel de patata (el nombre da idea de las penurias que padecen), constituida durante la ocupación y que ha supuesto para ellos una válvula de escape frente al horror, pese a las muchas tragedias que vamos descubriendo al lado de Juliet, es un homenaje a la literatura y a su poder frente a la adversidad.
En resumen, un libro muy recomendable y una película entretenida que, pese a durar dos horas y no hacerse en absoluto pesada, creo que pierde con la comparación

jueves, 8 de noviembre de 2018

EL OLVIDO QUE SEREMOS


Hace ya algunos años, concretamente en el 2008, por indicación de mi inolvidable amigo Manolo leí el libro que hoy traigo a Opticks. Se trata de El olvido que seremos del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince.
En el último mes, en uno de los grupos de lectores de los que formo parte, me han brindado la ocasión de volver a leerlo.
Tengo muy claro que una buena obra literaria te enriquece con cada lectura. Un enriquecimiento que se ve modificado por los años y las experiencias.
El año 2008, en la breve reseña que hacía siempre de los libros leídos escribí: Héctor Abad Faciolince relata en El olvido que seremos su propia historia centrándose en la figura de su padre: Héctor Abad Gómez, médico colombiano asesinado por los paramilitares en 1987, debido a la defensa que hacía de los pobres y de la justicia social frente a la corrupción del poder. Bastante anticlerical, crítica ferozmente la jerarquía eclesiástica y la función de muchos de sus miembros que apoyan a los poderosos para no perder privilegios. Es un canto a la infancia y una declaración de amor paterno filial impresionante.
Ahora, en el 2018, seguiría diciendo, porque es así, que se trata de un relato autobiográfico dedicado a una persona que nunca podrá leerlo.
Sin embargo, junto al amor paterno filial que impregna toda la narración, destacaría también otras cuestiones importantes. Por ejemplo, la forma de educar del padre que puede resumirse en una de sus reflexiones: Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad.
Una felicidad que no consiste en aislar a las criaturas del entorno, ocultando realidades que ellos, privilegiados de nacimiento, no conocen. El padre se hace acompañar de los hijos en sus visitas a barrios marginales en los que intenta mejorar las condiciones de vida de las gentes mediante la educación y la prevención, como profesor que es en la Facultad de Medicina de Medellín en el Departamento de Salud Pública y Medicina Preventiva.
En ese trabajo reside una segunda cuestión que ahora destaco. El padre del autor del relato es un idealista que procura mejorar la vida de los pobres educándolos; pero a la vez presiona a las autoridades para que se preocupen de los barrios donde viven: cuidando las instalaciones de agua potable, controlando las basuras, atendiendo a la infancia y a las embarazadas, con campañas de vacunación, etc. Las medidas que demandaba no eran una jugada política, sino un profundo acto de compasión por el sufrimiento humano, y de indignación por los males que se podían evitar con apenas un poco de activismo social.
Un activismo en el que le ayudan otras personas, entre ellas sacerdotes de esos barrios, alejados, eso sí, de la jerarquía eclesiástica que critica su labor, al igual que los dirigentes políticos, en ese caso pertenecientes a la derecha.
Y ésta es la tercera cuestión destacable. Al protagonista le consideran un hombre de izquierdas y como tal es asesinado. Aunque él explicaba que su ideología era un híbrido: Cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles; marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder, al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder.
Así que no resulta extraño que critique a la izquierda cuando empieza a asesinar y a secuestrar, al igual que lo hacen los paramilitares o las asociaciones de derechas. Esta ecuanimidad basada en unos principios claros e inamovibles es, insisto, también destacable.
Una cuarta e igualmente importante cuestión reside en el papel que realiza la esposa, madre de cinco hijos, cuatro chicas y el autor del libro, único varón que, con el padre, está en inferioridad de condiciones frente a un auténtico matriarcado. En la casa familiar hay tantas mujeres, que la madre se refiere a todos los miembros, incluidos los dos varones, utilizando términos femeninos: nosotras, ellas... Esa madre, de la que el hijo destaca su entereza, su sentido práctico y su alegría, consciente de que el idealista marido, con un desapego total a lo económico, será de poca ayuda para mantener a su numerosa prole, se pone a trabajar, con tal ímpetu e inteligencia, que consigue montar un negocio notable.
Así podría seguir enumerando aspectos que antes no destaqué y que ahora me han impresionado.
Como debo ser breve, terminaré diciendo que el libro está muy bien escrito. Héctor Abad Fancioline refleja sus vivencias con sencillez, claridad y tanto amor y agradecimiento por la herencia moral y afectiva que le dejó su padre, que no cabe nada más que recomendar una obra admirable que nos permite, además de lo ya reseñado, conocer una etapa terrible en la historia de Colombia y profundizar en la vida de un hombre que trabajo siempre por un ideal y que, cuando fue asesinado, llevaba en el bolsillo, junto a la lista de los amenazados el siguiente soneto de Borges titulado Epitafio.

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán, y que es ahora,
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del Cielo
esta meditación es un consuelo.


miércoles, 31 de octubre de 2018

EL CERTIFICADO

La primera obra que leí de Isaac Bashevis Singer, escritor judío y Premio Nobel 1978, fue La casa de Jampol (en Opticks el 22 de agosto del año 2011). Dos años más tarde (Opticks, 16 de mayo 2014), me recomendaron del mismo autor La familia Moskat; y este verano tuve ocasión de adquirir en un mercadillo El certificado, novela más breve que las anteriores pero con parecidas características en cuanto a contenido y formas de expresión, lo que hace que los libros de Isaac B. Singer continúen siendo admirados en los más exigentes círculos literarios
Un escritor, pensé, debe urdir una trama que, por un lado, tenga la apariencia de la realidad corriente, y por otro revele la presencia y el discernimiento de las fuerzas que manejan el mundo.
Es lo que piensa el joven David Bendiger poco después de llegar a Varsovia, la ciudad en la que, de niño, había vivido con su familia.
Ahora, en 1922, cumplidos ya los 18 años, tras haber estudiado yiddish y hebreo, leído mucho sin un orden determinado, escrito un ensayo sobre Spinoza y la Cábala y algunos textos más cuya calidad considera dudosa, se plantea qué hacer con su vida, aunque lo que más desea es convertirse en un buen escritor.
El problema es que en la Polonia que pervive después de la primera guerra mundial ha brotado con fuerza un agresivo nacionalismo, lo que perjudica en especial a los judíos, más aún si son tan pobres como David. En el lado contrario, el comunismo, que aspira a expandirse, tampoco simpatiza demasiado con el que se considera así mismo pueblo elegido; lo comprobará el hermano mayor de David, también escritor, cuando viaja a Rusia en busca de mejores oportunidades.
Las circunstancias, las fuerzas que manejan el mundo, provocan que la supervivencia del muchacho dependa de tres mujeres: Sonia, trabajadora en una tienda de ropa que vive en la casa de sus patrones; Minna, hija única de padres acaudalados con formación aristocrática; y Edusha, que ha optado por el comunismo y está convencida de que salvando al proletariado se acabará con la injusticia en el mundo.
La personalidad y las circunstancias de estas tres mujeres tan distintas las presenta Isaac B. Singer con tal realismo, una de las principales características de su estilo, que las hace del todo humanas y, dato curioso, avanzadas, incluso, muy avanzadas, para la época en la que vivieron.
El nombre del libro, El certificado, viene porque, al apoderarse Gran Bretaña de Palestina en 1917, se permitía a los judíos regresar a la tierra de sus antepasados, aunque con cuentagotas y multitud de trabas burocráticas, si contaban con un certificado que autorizaba el viaje. Así que Minna propone a David pagar ella los costes de tal certificado, formalizar un matrimonio ficticio y viajar ambos a Palestina; allí se divorciarán y podrá casarse con su prometido que la espera.
Junto a lo que concierne a las tres mujeres, está el profundo estudio del carácter del joven, siempre hambriento y con sueños de grandeza que visualiza de continuo hasta perder el contacto con la realidad mísera que lo envuelve.
El certificado se considera por los críticos como novela de aprendizaje ya que, contada en primera persona, refleja las dudas religiosas, políticas y existenciales propias de la juventud.
Lo curioso es que, quizá de ahí proviene su impactante realismo, según nos dice en una nota final Rhoda Henelde Abecassis, la historia relatada por Isaac B. Singer  en El certificado es en su mayor parte autobiográfica.
Fue esa habilidad especial para mezclar la realidad con la fantasía uno de los méritos de Singer que tuvo en consideración el comité de expertos que le concedió el Nobel, explicando que en la obra de Isaac B. Singer  “fantasía y experiencia cambian de forma. La fuerza evocadora de la inspiración de Singer adquiere un sello de realidad, y esa misma realidad es elevada por los sueños y la imaginación a la esfera de lo sobrenatural, donde nada es imposible y nada es seguro”.

miércoles, 24 de octubre de 2018

365 HAIKUS Y UN DÍA

Cuando Luis me preguntó si le haría el favor de ayudarle en la presentación de un libro, en el primer momento me alegré porque todo lo relacionado con los libros me gusta. La preocupación llegó al conocer el título del libro que debía ayudarle a presentar: 365 haikus y un día. Creo que, incluso, comenté: ¡qué difícil!
Y es que presentar un libro de haikus en los tiempos de las redes sociales, los teléfonos móviles, los tuits, la posverdad, las prisas y la acumulación de noticias que enseguida se hacen viejas, puede resultar complicado.
Complicado porque si les digo:
Un viejo estanque
salta una rana ¡zas
chapalateo
Seguramente se quedarán con la misma cara que me quedé yo cuando un amigo me pidió que opinara sobre los haikus que estaba escribiendo.
Sin embargo, este haiku, modelo del género para Rafael Cadenas, Premio de Poesía Reina Sofía 2018, es obra de uno de los mejores poetas que cultivó ese género en Japón en el siglo XVII: Matsuo Basho.
Y es que el haiku, poema breve de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas (moras), de origen japonés e inspirado en la emoción del momento, lleva consigo una reflexión; un detenerse y mirar, hasta alcanzar algo parecido a una conmoción espiritual, que es a la vez sentimental y estética.
Así que no debe extrañarnos que muchos relacionen el haiku con el budismo zen y la meditación. Se trata de mirar lo que nos rodea pausadamente, trascendiendo la apariencia, buscando descubrir la esencia en la profundidad, lo que podría definirse como la eternidad en el instante.
La investigación que realicé sobre el haiku provocó que desease conocer a la persona que sabía mirar de esa manera. Y conocí  a Fernando Carrillo.

Fernando Carrillo nació en Extremadura:

Vengo de un pueblo
de grietas en las manos
de jara y esparto

-Y en Extremadura

He visto al grajo
con bufanda de lana
volar muy bajo

-Los grandes amores de Fernando son Cristina y sus hijos Pablo y Jesús:

No se apagará
la luz de tu presencia
tu infinito amor

Duerme mi niño
que no rompan tus sueños
ni tu inocencia

-La amistad, un cierto compromiso social y el respeto a la palabra son básicos en su forma de entender la vida:

Debemos poner
alas a las palabras
mostrar su fuerza

Y de repente
no todo está perdido
la amistad queda

-Los viajes, la escritura y la lectura, el cine, la cocina con amor, el buen comer, el vino y el humor surrealista son fundamentales en su dieta:

Vino en pitarra
me alegras el corazón
y endulzas mi alma

Sin darme cuenta
se echó el día encima
y me atropelló

-Fernando corre lento pero seguro. Fue guardia civil durante 21 años y colaboró en la creación de la AUGC, llegando a ocupar el cargo de Secretario General Nacional. Es psicólogo y ejerce como tal y como gerente de la empresa MES.NET. Ha publicado ensayos y trabajos de investigación sobre diversos temas, además de dos poemarios: Donde quiera que no estés y Corriendo con neandertales.
Y ahora hablemos del libro en concreto: 365 haikus y un día.
Amos Oz, un escritor al que admiro, afirma en Una historia de amor y oscuridad que: Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.
Por lo tanto el corazón del relato, en este caso el corazón del haiku, al que se refiere Amos Oz lo encontraremos si, leyendo los haikus de Fernando Carrillo, experimentamos esa emoción profunda, esa conmoción espiritual que debió sentir él al escribirlos.
Son muchos los haikus de este libro que a mí me han conmovido, me han hecho reír o, simplemente, me han hecho pensar. Lo curioso es, y ahí reside también la magia del haiku, que cada vez que relees lo escrito por Fernando en estas páginas, descubres profundidades nuevas, reflexiones que te habían pasado inadvertidas en las lecturas anteriores.
-Están los haikus de tipo psicológico:

Un puzle somos
con infinitas piezas
buscando encajar

La gente sufre
fuera de nuestros ombligos
sin inmutarnos

Dejar todo atrás
es más fácil si no usas
el retrovisor

-Hay otros en los que destaca la rabia o la denuncia ante una situación que nos afecta:

¡ETA mátalos!
rezaban en los templos
de la mentira

Ya no escuchamos
las palabras se arrojan
como puñales

Vivir viviendo
contra morir matando
morir viviendo

-Encontramos haikus que transmiten sentimientos de pérdida, de tristeza, de melancolía:

Trae el regreso
los abrazos perdidos
pero no el tiempo

Cae el verano
ya se alargan las sombras
de despedida

Las lunas pasan
los tiempos que no viste
lloran tu ausencia

-Aquellos en los que el autor se hace uno con la naturaleza:

Pintan de besos
las praderas de mayo
las amapolas

Bajaba el río
desbordado de abrazos
por el deshielo

Vuelan las hojas
y la melancolía
la luz de otoño

-Los hay que expresan los sentimientos amorosos con sutileza y preciosismo:

Mientras regresas
pinto un paso de cebra
para encontrarnos

Cuando me pierdo
busco siempre el camino
de tu horizonte

Un mirlo canta
la luz del alba brilla
sobre tu espalda

-Los hay irónicos y hasta sarcásticos:

Ser de una pieza
deja muy poco margen
para maniobrar

Del organismo
la parte más sensible
es la cartera

No se hizo el manjar
para la boca del asno
ni el argumento.

-Los hay, en fin, que encierran en sí mismos toda una lección de filosofía

Para la vida
con dos dedos de frente
no es suficiente

Deja de buscar
un sentido a la vida
pon tú los cinco

Es buen balance
siempre cumplir más años
que desengaños

Y ya termino. Aclarando, eso sí, que los treinta haikus que acabo de leer son solamente una pequeña muestra de toda la belleza, la profundidad, la poesía, la reflexión certera, la sensibilidad y podría seguir enumerando cualidades que posee el libro de Fernando, cuya lectura proporciona un disfrute tal que, Fernando, haciendo mío uno de tus haiku:

Quiero decirte
mil millones de cosas
y todas buenas